¡Pobre Rajoy!, por Javier Astasio


¡Pobre Mariano! Ya nadie le cree, ya nadie le obedece, al menos a la primera, ya nadie le cuenta las cosas que no cuenta el MARCA y los discursos que le escriben cada día son más malos y, lo que es peor, más inverosímiles. Tan mal están las cosas que el pobre Mariano tiene que irse al otro lado del mundo, a las antípodas, a sacar pecho por las "reformas estructurales", esas que han hundido en la miseria a uno de cada cuatro españoles, ante el único auditorio capaz de creerle todavía o de, cuando menos, hacernos creer que le cree.
No sé quién le ha dicho a este señor que el mundo es como él cree que es. No sé por qué ha podido llegar a pensar que, como su partido, se construye des de arriba, sin que importe lo más mínimo lo que piensan los de abajo. Acostumbrado como está a que su prensa amiga y, de vez en cuando, la que no lo es o no debiera serlo tanto pinten para él cada mañana una realidad confortable en la que los problemas encogen y los aciertos, o lo que ellos creen aciertos, engordan, no entiende que las cosas pueden escapar a su control y que la gente, al menos mucha gente, es autónoma y ya está cansada de sufrir y de llevarse todos los palos.
No sé quién hizo creer a Rajoy que los problemas se arreglan solos. Quizá haya podido llegar a esa conclusión después de ganar la presidencia del gobierno al tercer intento, quizá considera un éxito no haber cesado a ninguno de sus ministros, pese a que, algunos, estarían en lo más alto del ranking de los ministros más nefastos de la democracia. Sólo se han movido dos de las piezas del gobierno que llevó a la Moncloa, uno, Cañete, para sentar sus orondas posaderas en Bruselas y el otro, Gallardón, porque su ego y su ambición no supieron soportar el paradigmático silencio de Rajoy, que a base de luz de gas y ducha escocesa dejó que tan intrépido como ultramontano ministro acabase cocido en su propio jugo.
Rajoy que siempre ha estado en la sala de máquinas de un partido en el que se hace todo lo que se ordena desde el puente, un buque en el que la democracia sólo existe en las citas de Churchill y su lechero, no entiende que las monarquías absolutistas, por muy fuertes que hayan podido ser, tienen los pies de barro y el cuello de seda. Por eso, Rajoy no es consciente de que camina hacia el patíbulo de la Historia, no se da cuenta de que como ya le ocurriera a la UCD hace más de tres décadas, su partido corre el peligro de pasar de la mayoría absoluta a convertirse en segunda o tercera fuerza en el Parlamento, sin el honor, eso sí, de un pasado honroso como el que no pudo disfrutar Adolfo Suárez.
Hace tiempo que a Rajoy no le salen las cosas, como a la empalagosa familia de la película, le crecen los problemas. Tiene tres tesoreros  del partido en los juzgados, uno de ellos en la cárcel, y el juez, al parecer, va a por el tercero, los casos de corrupción se multiplican, sus barones se ponen en ridículo por una pantomima que pretende ser transparencia o por un quítame allá esos pasajes.
Tan mal le van las cosas a su partido que, de aquí en adelante, tendrá que controlar ese reflejo tan condicionado de aplaudirles o pasarles el brazo por el hombro cuando se vean en medio de un escándalo. Ya ni el fiscal acude raudo y veloz a cumplir sus deseos y el tiempo que éste ha tardado en reaccionar ha bastado para evidenciar las dudas de los profesionales del ministerio público sobre la idoneidad de presentar una querella contra el presidente catalán, al que, por otra parte, pretende hacer ver que se acerca.
Pobre Rajoy. Todo le da la espalda y todo parece conducirle hacia el final. Aunque, bien mirado, quizá ese sea su final feliz, porque yo siempre sostuve que, para Rajoy, no demasiado trabajador él, el mejor futuro consistía en ser expresidente, lástima, para él y para nosotros, que, para llegar a serlo, haya tenido que pasar cuatro años en la Moncloa.


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