Platos chinos, por Javier Astasio


Nunca me ha gustado el circo y la mal llamada fiesta de los toros también es circo, porque, en el circo, siempre hay alguien que sufre o se angustia. Ya sé que la satisfacción de ese sadomasoquista que todos llevamos dentro es, precisamente, la esencia del espectáculo y que pagamos y nos cobran la entrada por ello, pero cuando el número se repite una y otra vez y, además, nos jugamos algo en él lo que antes era emoción se transforma en angustia.

Digo esto, porque el panorama que se vislumbra para este país se asemeja cada vez más al de un circo de esos tristes y destartalados que arrastran sus miserias por lo más profundo del país, para mostrarlas bajo lonas descoloridas y llenas de remiendos y que, quizá en otro tiempo, fueron vistosas. Un circo en el que la troupe fuera el Gobierno- Un gobierno comandado por un jefe de pista balbuceante y asustado, siempre detrás de las cortinas, que se empeña en disimular su inseguridad con broncas y desplantes, con toda una serie de prestidigitadores, un domador con sus correspondientes fieras, malabaristas, payasos y equilibristas.

Lo de asignar los papeles de este circo a los ministros lo dejo en vuestras manos, salvo en un caso: el del ministro Guindos, ese tosco personaje, con habla de pijo y ropa de marca que bien podría ser un simple mozo en horas libres, pero que, en el fondo, es la estrella de un número que repite una y otra vez ante un público sobrecogido, el de los platos chinos. No sé si lo habéis visto alguna vez. Yo sí, en mi infancia, aunque soy incapaz de recordar si fue en una de las escasas ocasiones en las que fui al Price, el de verdad, el de la plaza del Rey, o fue ya en esa tele en blanco y negro que había en casa.

Si la memoria no me falla, el número de los platos chinos que recuerdo consistía en hacer bailar sobre una serie de finas varas clavadas verticalmente sobre una mesa y el mérito del artista era mayor, cuantos más platos tuviese girando con cada una de las varas sin caerse. Es la metáfora perfecta de la economía española; una serie de platos girando sobre varas que sólo se aguantan si hay alguien capaz de mantenerlas dando vueltas al mismo tiempo.

Como en el número, a De Guindos s ele van parando los platos y, para que no caigan al suelo con estrépito, tiene que volverá ellos, cimbrear la vara y conseguir que vuelvan girar sin caerse. Eso, una y otra vez Un número más que emocionante y entretenido, si no fuese porque los platos, de exquisita porcelana, son nuestros y los estamos viendo caer uno detrás de otro.

Mientras tanto, el circo avanza se monta y se desmonta una y mil veces, cada vez con menos ganas y cada vez con menos público. Tan mal va la taquilla que hace ya tiempo que el jefe de pista Rajoy ha sacrificado a los caballos y los enanos, para dar de comer a las fieras.


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