Pinchar el globo, por Javier Astasio

 
 
Fuimos muchos los que ayer, cuando conocimos la sentencia del Tribunal de Justicia Europeo sobre la ley hipotecaria española, sentimos crecer nuestra esperanza y nuestra fe en un mundo más justo, en el que alguien vela por los de abajo y sus derechos. Pero, en este momento, conforme pasan las horas y veo el análisis que de la sentencia se hace en alguna prensa, tengo la impresión de que no a todo el mundo le ha sentado tan bien el fallo.
Evidentemente, la decisión del tribunal no significa que vayan a  paralizarse todos los desahucios, ni siquiera que se anulen de facto todas las clausulas abusivas. Con lo que acaba el tribunal es con el terriblemente injusto y decimonónico procedimiento judicial que impedía a los jueces paralizar el procedimiento, a pesar de que evidenciar la existencia de abusos en la hipoteca.
Si afináis el oído -y, si no, también- os hartaréis de escuchar dos palabras unidas en un concepto que, si en un principio es positivo, en boca de algunos y en este asunto del que hablamos, se vuelve más que perverso. Me refiero a la "seguridad jurídica" o a su contraria, la "inseguridad jurídica", porque ahora resulta que, si los ciudadanos pueden reclamar ante el juez todos esos abusos, los que llevan tantos años concedido hipotecas con el pie puesto en el cuello del que las contratas, amordazado de por vida, se sienten menos seguros ahora que tienen que levantarlo para pasar a defender ante el juez la muy improbable legalidad de esos abusos.
Os cuento que vivo asombrado por la cantidad de anecdotillas  y lugares comunes que leo y escucho a propósito del flamante papa Francisco -por cierto, a quién se le ocurrió ponerle el palote, si es el primero y, por tanto, no hay que distinguirle de ningún otro- y lo poco que se destaca en algunos medios, EL PAÍS, por ejemplo, la sentencia y su alcance. Uno llega a pensar que es la misma prensa, agobiada por los créditos con que pagó y sigue pagando su soberbia, que calló miserable la estafa de las "participaciones preferentes" hasta que no fueron cientos de miles los afectados. La misma prensa atada de pies y manos por sus deudas y sus carteras publicitarias que "se la coge con papel de fumar" a la hora de informar sobre sus clientes o acreedores y se pasa por "el arco del triunfo" el derecho a ser pronta y correctamente informados de sus clientes.
En fin, que parecen empeñados en pinchar ese globo sueño que, de repente, se ha materializado ante tantos ciudadanos -trabajadores, pensionistas, parados, mujeres solas y con hijos- que hasta ahora han visto como les quitaban la casa, como "lanzaban" sus pertenencias, su vida y sus recuerdos a la calle, porque quisieron cumplir el sueño de tener un hogar propio y alguien vestido con piel de cordero les hizo creer que era posible para, años después, cuando ya estaban débiles y cansados, lucir toda la ferocidad de que es capaz armada con los dientes de una ley injusta, mientras quien debía cuidar de sus derechos, los gobiernos que elegían, guardaban un silencio sucio y cómplice.
Hay que luchar para que no nos pinchen el globo y hay que explorar sus posibilidades, porque quizá sea la llave que nos permita acabar con otros muchos abusos.
 
 
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