PESADILLA FERNÁNDEZ DÍAZ, por Javier Astasio


Aunque hoy pueda parecernos un mal sueño, una pesadilla, lo de Fernández Díaz, sus cuatro años al frente del Ministerio del Interior, que para él fue el "del porrazo y tentetieso", fueron muy reales y muy dolorosos y la prueba es que esos cuatro años en lo que actuó de parte, a favor, no sólo de su partido, sino de la secta a la que pertenece, aún tienen consecuencias en nuestras vidas todos los días.
Ayer pudimos verle a punto de perder su santa paciencia durante su comparecencia en la comisión de investigación sobre  la presunta existencia de una policía política que trabajaba exclusivamente a sus órdenes, al margen de cualquier control policial, con el único fin de hurgar en los armarios y en las basuras de los adversarios de su partido a la búsqueda de "material", ya fuera real o inventado, con el que elaborar munición que alimentaba la artillería mediática, dispuesta siempre a disparar contra los enemigos de la "patria", su patria, y de los intereses que la trufan.
Se le preguntó por todo aquello que supimos gracias a las rencillas de determinados comisarios, de gran imaginación algunos, que afloraron esa vergonzante grabación, digna de figurar en esa "Historia Universal de la Infamia" nacida de la imaginación y la maestría de Borges, aunque tan real y sucia como podáis imaginar. Se le preguntó por ello y se contradijo, y trató de salir del atolladero, como su compinche en la fechoría, el entonces responsable de la Oficina Anticorrupción de Cataluña, por la tan manida vía de la indignación, también santa, a la que se acogen aquellos que no están dispuestos a tolerar que alguien juzgue sus actos. Nadie, claro está, salvo ese dios particular y justiciero con los demás, que a ellos todo les perdona.
Lo de ayer, vuelvo a insistir, fue como una pesadilla. Los que ya no vamos por el Congreso podemos llegar a creer que se lo ha tragad la Historia, o la tierra misma, pero no. Ahí sigue cobrando su sueldo de diputado, convenientemente "dopado" con la presidencia de una comisión, la única que su partido pudo darle, porque no precisaba del apoyo de ningún otro grupo. Ahí sigue con poco trabajo y un buen sueldo, como corresponde a quien ha prestado importantes servicios al partido para el que fue eficiente ministro de la represión en tiempos en los que la calle gritaba todos los días contra recortes y desahucios.
Porque, sí, Fernández Díaz fue el ministro  que mandaba policía a los desahucios, el que mutaba o mandaba ante el juez a quienes se manifestaban o participaban en escraches, el que removía una y otra vez el dolor de las víctimas del terrorismo, para mantener encendido el rescoldo de un fuego al calor del que tanto rédito político han sacado, el que condecoraba, no una, ni dos, ni tres, sino muchas veces figuras de palo y escayola, olvidándose de las necesidades de los servidores de carne y hueso del estado, el que persiguió titiriteros y blogueros, el que parió una ley, la Ley Mordaza, que hizo buena a lo que quedó vigente de la Ley Corcuera, el que dio el visto bueno a la subvención que ayuda a pagar la gasolina y las pegatinas del autobús naranja del odio y la ignominia.
Todo un personaje, en fin, para olvidar. Un ministro sectario, al servicio exclusivo de su partido y de su trasnochada idea de la moral pública y privada, pero un ministro, no lo olvidemos, al que Rajoy mantuvo cinco años en el cargo. Y, si lo hizo, sin duda fue porque servía milimétricamente a sus intereses. Una pesadilla al servicio de otra pesadilla.

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