Personas de quince años, por Gabriel Merino

Aurora tiene quince años.
Rara vez escribo sobre mi hija, porque trato de ser respetuoso con la intimidad de su crecimiento pero después de haberla despedido esta mañana en el aeropuerto cuando salía para Leizpig y de llegar, ya echándola de menos, al trabajo -donde he leido una serie de absurdos periodísticos veraniegos sobre la responsabilidad, travesuras y hábitos de las personas de quince años,disculpando a un conocidísimo adolescente de este país que a una cartilla escolar deficiente añade una inmadurez y tendencia a la pataleta de los que en otros tiempos menos correctos políticamente se decía que se resolvían con “dos gofetás”- no he podido por menos que plantearme que o tengo mucha suerte o una hija que es un privilegio.
Quizá de aquí a un tiempo cuente una anécdota  -tengo decenas- muy reciente en que nos ha demostrado que a su edad, a pesar de una adversidad,  es sentada, madura, juiciosa, critica, divertida y muy buena gente, más que muchos adultos, aunque sorprendentemente también muy sensible. Frente a esa supuesta insensibilidad que hoy se achaca a los adolescentes como si fuera un irreparable aunque pasajero acné de esos años, creo que está en el momento en la que uno empieza a establecer definitivamente la conciencia y el compromiso y, a través de esa sensibilidad ante lo ajeno, me da la impresión de que lo está haciendo –para ella misma-  bien.

No quiero decir con esto que se encuentre en una edad equilibrada ni –muchas veces- amable con los demás. Como buena adolescente es a veces despegada, algo desabrida e incluso nos trata a su madre y a mí con la suficiencia de quien hablara con personas que acabaran de llegar de fuera del mundo. No: no es en absoluto mansa, aburrida, sumisa, tonta o clónica. Es una persona en crecimiento y en descubrimiento del mundo, así que lo digo todo. Aún soy capaz de recordar la efervescencia –y los choques con el mundo que provocaba eso- de cuando yo me sentía así.

Pero aún pudiendo revivir los sentimientos de un adolescente, me resulta intolerable que hoy a los menores se les trate como a mascotas o como a sujetos que por inimputables parecen no tener deberes, como casos perdidos, sordos o merecedores de todas las indulgencias. He visto familias que asuman las responsabilidades que asuman sus hijos, siempre les premian y alaban de la misma manera, como si tuvieran un mantra debuenrollismo con el que creen que se aseguran a su hijo. He visto padres que se han enfrentado con el educador, monitor, profesor o persona que lleve mínimamente la contraria a su hijo. Conozco padres que defienden que sus hijos todo lo hacen bien -¡estaría bueno, en la edad de probar y experimentar casi todo, que acertaran siempre!-: siempre he afirmado que la personalidad de quien serás de adulto se forja definitivamente –es la única edad en que los padres podemos influir o malear- antes de los siete años. A esa edad ya eres un esbozo casi definitivo de quien serás en el futuro, por más que con el tiempo y la experiencia se moldeen un poco tus rasgos.

Curiosamente estos primeros días de agosto, la experiencia con mi hija y la relectura de un esbozo biográfico de Rimbaud -“no se puede ser poeta a los diecisiete años”- y de la novela de Bret Easton Ellis “Less than Zero”, junto con el hecho de que alguna de sus excompañeras de colegio sea ya, más que una niña, madre, me corroboran en la tesis de que ya  -no digo que esté escrito ya si van a ser definitivamente triunfadores, díscolos, genios, delincuentes o carne de cañón- en su carácter sí que se denota si tienen, para el futuro, rasgos de  personas críticas, fuertes, audaces,solidarias, brillantes, valientes, responsables o dignos de confianza o si por el contrario serán caprichosos, chantajistas, pusilánimes, ruines, rácanos, vagos, ramplones, escaqueados o acomodaticios. Puede que me dé sorpresas en el futuro, pero estoy convencido de que ella se encuentra dentro del primer grupo.Y eso -¡qué quieres que te diga, en este tiempo de perdonar y pasar condescendientemente por alto todo a quien tendrá en sus manos nuestro futuro!- me alegra.

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