Pegar a un niño, por Gabriel Merino

Pegar a un niño es de cobardes. Nos lo han repetido hasta la saciedad, incluso a sus padres. Y no sólo es cobardía: es un delito.

Como padre de una adolescente, reconozco que a veces te recome la mala leche ante su forma de enfrentar el mundo, de exigir y exigir ya, de insinuarte que no te debe nada de que lo que te corresponde darle y de reírse y criticar las estructuras en las que tú vives desde hace años tan pancho. Pero cuando yo era adolescente –aún me acuerdo- era también crítico, mordaz, incluso se podría decir que subversivo. ¡Y ay del adolescente que no lo sea!. Ser joven no es sólo gastar factura de móvil, vestirse a la moda en el Corte Inglés, en Tommy Hillfiger o en el mercado de Fuencarral, tener los senos firmes y los abdominales tirantes o consumir música machacona. Los más viejos del lugar les acusan, tratando de extender una etiqueta común, de ser botelloneros, indolentes o fracasados escolares entre otras lindezas, olvidándose que la verdadera esencia de la juventud es la necesidad de libertad y de justicia, algo que poco a poco se va limando con el tiempo para integrarse en el sistema.

A mí, claro, hay jóvenes y adolescentes que me resultan más simpáticos que otros. No me gustan los maleducados, los gamberros y destrozones, los consentidos, los que llevan la música a todo trapo en el metro, los que yo llamo “niños que sólo reaccionan al sonido del papel de envolver” o los que repiten y repiten los dogmas en los que les adoctrinan sin haberse parado a masticarlos. Por el contrario, entiendo muy bien a los jóvenes que escriben o hacen música, a los que creen que hay cosas de esta sociedad que son injustas y, especialmente, a los que en este crudo invierno se quejan de que en su instituto no hay calefacción.

Ayer, sin ir mucho más lejos, tuve un pollo –bastante común, nada del otro mundo- con mi hija. Pretendía distribuirse sus horas de tele, de estudio, de merienda, de teléfono y de PC a su aire en una semana en la que tiene varios exámenes. Aquí voy a matizar que, aunque hablemos, discutamos y contrastemos mucho, mi hija no es mi amiga y en mi casa todas las opiniones no tienen el mismo valor: yo soy su padre, lo cual es un grado de jerarquía y para algunas cosas es más importante que ser su amigo. La cuido, la atiendo, la trato de entender, satisfacer y mimar, la educo, la enseño y la exijo. Pero nunca la he gritado ni la he pegado. No porque lo prohiba la ley sino porque hacerlo me haría sentir muy fracasado como padre. Y, por supuesto, jamás permitiré que nadie lo haga. Ya la tengo aleccionada a que nunca se líe con un maltratador, porque quizá ahí yo sí tendría que enfrentarme con la ley o incluso con una pena de cárcel. ¡Ay de quien le ponga una mano encima!.

Los niños y los adolescentes no han tenido tiempo -como nosotros- de votar, de trabajar por un sueldo y con un convenio, de saber qué es la subprima o de entender concretamente por qué no se entienden el partido socialista y el popular. El defensor del menor me dice a mí que si trato de inculcarle a mi hija -por justo que sea- algo a base de palos o violencia, me quitará la custodia. Pero la policía y la delegada del gobierno de Valencia parece que no tienen esos problemas. ¡No son sus hijos!. Así que aunque los chicos pidan algo que creen que es de ley, se les puede disolver a hostias si los poderes de turno entienden que no lo es. Basta con un telefonazo.

No sé si le delegada será madre. Pero si lo es, no creo que pueda ser una buena madre. Nadie trataría –nadie debe tratar- así a un menor. Y siendo un cargo público tiene que saber, aún con más razón, que ordenando cargar contra ellos a palo limpio, cuando sólo piden calefacción y que los adultos responsables resuelvan algo que ellos no han provocado, está induciendo a la fuerza de orden público bajo su mando a delinquir. Supongo que creerá que amedrentándoles consigue futuros votantes disciplinados. Pero yo creo que si limito, limito y limito de forma omnímoda y arbitraria a mi hija y encima no la dejo protestar, una de dos: o se marchará cuando pueda dando un portazo o cuando tenga la edad suficiente me lo recordará, a lo mejor de forma adulta y dolorosa.

A mí, señora delegada, a falta del informe mecanografiado y por cuadruplicado a su jefe, lo suyo de hoy me da mucha pena. Y mucha vergüenza.

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Gabriel Merino
Jefe de Opinión de Periodísticos.com

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