Peak oil o el hundimiento del Titanic, por @ITortajada

La primera persona a quién oí hablar del peak oil fue Pau Riba en el programa El convidat de TV3. Quizás para algunos esto sería motivo suficiente para negar toda credibilidad a esta teoría, porque Pau Riba es un hippy que está como un cencerro. Yo en cambio lo admiro por su inteligencia, su independencia y su capacidad de ir con sandalias sin calcetines todo el año. A partir de aquí, como suele suceder, empecé a oír peak oil por todas partes. Es como el fenómeno que hace que las embarazadas sólo vean bombos o que cuando te rompes la pierna te parezca que todo el mundo va con muletas. “Esto es el peak oil”, bromeábamos cuando al llenar el depósito del Golf hace unas semanas nos costó 77 euros y pico. Y eso que la situación no tenía ni puñetera gracia.

Una noche decidí investigar más sobre el peak oil y a la orilla de mi mesa de madera me llegó este mensaje en una botella. En el silencio de la noche, acompañada por los vapores del brandy, las palabras del científico visionario resonaban como un relato de H.G. Wells. Entonces sentí un escalofrío, la aterradora certeza, a pesar de que en el fondo ya lo sospechaba, de que esta crisis nunca acabará porque no es ninguna crisis, es un naufragio. Me di cuenta de que el pavoroso futuro que nos presenta el capítulo dos de la magnífica serie Black mirror tiene su razón de ser. Desde entonces voy vagando por la cubierta del Titanic con los pies mojados sin saber si quedarme dónde estoy, bailando al son que toca la orquesta o saltar al agua para nadar o abordar a alguno de los botes que han zarpado (ocupados por quienes ya sabemos).

Pero ¿qué es el peak oil?

El científico visionario autor del mensaje se llama Antonio Maria Turiel, es licenciado en matemáticas y doctor en física y trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar. Desde hace tiempo explica en The oil crash, para quién le quiera escuchar, qué es el peak oil. El concepto de peak oil, es decir, el pico máximo de producción del petróleo, lo formuló el geofísico americano Martin Hubbert en 1956. Según Hubbert, la gráfica de la extracción de un pozo de petróleo en el tiempo (pero también de carbón o minerales) describe una campana de Gauss con un punto máximo. A partir de este punto empieza un descenso tan rápido como su crecimiento hasta llegar al fin de su explotación porque ya no es rentable, porque se necesita más energía para extraer el petróleo restante que la que pueda proporcionar.

Los primeros yacimientos del petróleo se encontraron buscando sal en Pensilvania, en los Estados Unidos, el 1879. En aquel tiempo, donde había un yacimiento, prácticamente bastaba con rascar un poco la tierra para que saliera disparado un surtidor de petróleo como hemos visto tantas veces en las películas y en los dibujos animados. El petróleo permitió un crecimiento económico sin precedentes, que también implicó un desarrollo social a todos los niveles. Desde entonces el consumo y la dependencia del petróleo no han hecho más que aumentar exponencialmente y en cambio el petróleo (lógicamente, tratándose de un recurso finito) ha ido disminuyendo. Cada vez se tiene que invertir más, construir plantas petrolíferas en lugares más inaccesibles para extraer un petróleo que, al ritmo de consumo actual, cada vez dura menos. Me gusta la comparación que hizo Marcel Coderch, ingeniero de telecomunicaciones y doctor en energía eléctrica por el Instituto Tecnológico de Massachusetts, en esta entrevista en el programa Singulars. Coderch asegura que “hemos actuado cómo si el petróleo fuera una renta vitalicia y en realidad es un depósito de dinero heredado inesperadamente. En vez de vivir de los intereses nos hemos dedicado a gastarnos el capital”.

Hubbert en 1956 predijo que los Estados Unidos llegarían al peak oik en los setenta. Entonces nadie le creyó pero así fue. Arabia Saudí llegó en 2010, según afirma Robert Hirsh, ex responsable de investigación en carburantes sintéticos del grupo Exxon y autor de un informe sobre el peak oil para el Departamento de Energía de los Estados Unidos. El noviembre de 2009, el diario The Guardian publicó que la AIE (Agencia Internacional de la Energía), estaba falseando los datos sobre las reservas de petróleo. Un año después, la propia AIE reconocía que se había llegado al pico mundial del petróleo en 2006.

¿Y a partir de ahora qué?

Parece que el peak oil debería dar alas a los defensores de la energía nuclear sino fuera porque el pico del uranio, o se ha alcanzado, o está a punto de alcanzarse. Por no hablar del pequeño detalle de los daños colaterales que producen los accidentes nucleares como el de Fukushima. Algunos pensarán que por fin, a la fuerza ahorcan, entraremos de pleno en las renovables. Y aquí viene mi desengaño.

Durante unos años estuve escribiendo una sección en el Dossier Econòmic de Catalunya patrocinada por el ICAEN, (Institut Català de l’Energia) donde hacíamos difusión de las energías renovables como alternativa de futuro. Ahora sé que realmente no son una alternativa. En una presentación de Antonio Turiel descubro que ninguna renovable puede compararse al petróleo en cuanto a densidad energética, que habría que cubrir toda España de generadores eólicos, o cubrir el equivalente a dos provincias de placas solares fotovoltaicas para producir todo lo que consumimos. Por no hablar de que se necesita petróleo para fabricar placas fotovoltaicas. Y coches eléctricos. Y los pesticidas que utilizamos para cultivar alimentos con los niveles de producción actual. Y casi todo lo que vemos y tocamos cada día. De aquí el colapso económico en el que ya nos encontramos.

Una bonita palabra: decrecimiento.

Hace un tiempo era una filosofía de vida, una opción personal. Ahora no es una utopía sino una cruda realidad para muchos. Faltan muchos años para que dejemos de vivir del petróleo pero el decrecimiento forzoso ya ha empezado. Puede ser una caída en picado o un aterrizaje suave, depende de nosotros, de que bajemos el ritmo y nos acostumbremos a ello. En países civilizados como Dinamarca, hay toda una política estatal dirigida a prepararse para vivir sin petróleo en el 2050. En Barcelona, como mínimo, contamos con la iniciativa voluntariosa de Barcelona en Transició.

No sé si llegaré a ver esta nueva sociedad pero ya estoy empezando a ver y vivir el proceso de transición. Sufriremos pero también sentiremos un alivio. La obsesión por el crecimiento se ha ensañado en nuestra salud mental y física y en la del medio ambiente. En cualquier caso, ver como, poco a poco, nos empezamos a organizar de otra forma es un espectáculo interesante para observar desde la cubierta del Titanic.

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