Patético Rajoy, por Javier Astasio



Lo primero que me viene a la cabeza cuando  pienso en el debate de ayer es la cantidad de tiempo que se ha perdido en hacer nula o mala oposición a este patético personaje que perdió los nervios, quizá por la falta de costumbre, ante quien le leyó la cartilla, porque lectura fue, sobre todos sus desmanes al frente del Gobierno, especialmente en lo relativo al amparo dado a la corrupción y a su paradigma, Luis Bárcenas.
Y, si se ha perdido tanto tiempo, es porque, hasta ayer tarde, se dejó "al gallego impasible" marcar el ritmo y el estilo de la política de este país y está claro que ni siquiera en el parlamento se puede tratar a un delincuente como se trata a un caballero o aun socio. No sé qué pudo llegar a pensar Rubalcaba al comprobar cómo su sucesor en la tribuna, el novato Sánchez, consiguió, con poco más que pegar la oreja a la calle y transmitir, aunque fuese por escrito, lo que en ella se dice, descolocar a quien acude al Parlamento como quien va a la oficina o a unas oposiciones que sabe de antemano ganadas, porque no tiene adversario.
Quiso hacer Rajoy con Sánchez y supongo que con el brillante Alberto Garzón lo que lleva tres años haciendo con los españoles que no se resignan a sufrir penurias y recortes: mandarle a sus matones de uniforme para no dejarles "decir ni hacer nada" en el parlamento. Es más, creo que, de haber podido, hubiese establecido otro cordón de seguridad en torno al Congreso para impedir el paso a quienes no acudiesen al pleno a darle la razón o a jugar al candy crush, porque es así como nos querría ver tan patético personaje, mudos y aplaudiendo como focas sus gracietas o aburridos en el escaño más alto o en el sillón, intentando pasar pantalla en nuestras empobrecidas vidas.
Quiso aplicar Rajoy al parlamento la mordaza que ya está tratando de aplicar a la ciudadanía, de ahí su furia de matón enfurecido que considera el Congreso, la casa de todos, como una finca por la que se deja transitar o no al vecino. Cree Rajoy y cree mal que, como en las televisiones públicas u otras no tan públicas, está en su mano decidir quién habla y qué se dice. Y se equivoca, porque la gente, que es el verdadero y más grande parlamento, no está pendiente de las consignas del jefe de grupo ni está dispuesto a subrayar con sus aplausos los párrafos más brillantes o intencionados de su líder.
No sabe Rajoy que ese mitin que ayer nos quiso colocar desde la tribuna del Congreso, debate que, por cierto, comenzó con un corta y pega de otro pronunciado hace tres años desde en el misma escenario, no es igual que los que le organizaban Correa y el “Bigotes”. No sabe Rajoy que, mientras decía que todo va bien y va a ir aún mejor, le escuchaban españolitos de a pie, alargando un café o una caña en la barra de un bar donde ya no hay la alegría de antaño, o a través de un "transistor" desde el banco del parque en el que se refugian los parados sin esperanza de dejar de serlo., Y no sabe que más de uno le habrá maldecido levantando el puño hacia el televisor desde su casa, o que habrá quien le haya insultado desde ese puesto de trabajo que no le da para llegar a fin de mes ni, mucho menos, para pagar la hipoteca, cambiar el coche que se le va en averías, una detrás de otra o para mandar a sus hijos a la universidad.
No lo sabe, porque, como le recordó Alberto Garzón, el que más ha ganado en lo que va de debate, hace mucho que no pisa la calle. Tanto que no sabe ya qué pasa en ella. Ayer debió pensar que todo iba a seguir igual, que los socialistas iban  a "guardar las formas" y que Garzón iba a ser un manojo de nervios. Por eso, más de una vez se le acumulaban las frases. Por eso no dejó de dar torpes manotazos al micrófono ¿a quién querría dárselos? Por eso se repitió más de una vez. Por eso o porque pensaba que quizá iba a ser el último, Rajoy estuvo patético, pese a que acusó de serlo a Pedro Sánchez. Por eso cada vez tengo más claro que, el de ayer, fue el último debate, no de Rajoy, sino de un modo de hacer política que la crisis también se ha llevado por delante.


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