PATÉTICO RAJOY, por Javier Astasio


¡Qué conmovedor! Mariano Rajoy, como un niño decepcionad por el regalo que ha dejado Papá Noel en su calcetín, se niega a sacar el juguete de la caja y, con un gesto, mitad de incomprensión, mitad de soberbia, se ha encerrado en su habitación de La Moncloa y apenas sale, si no es para oír lo que quiere escuchar de sus adeptos, cada vez más resignados, cada vez menos entusiastas.
Mientras, el resto de los niños, Pedro, Pablo y Albert, incluso Alberto, andan presumiendo de regalos y haciéndolos valer en el Congreso, la prensa, las radios y las televisiones. Sin embargo, a Rajoy no se le van los ojos tristes, la cara de asombro ni, en ocasiones, el ceño fruncido. Sabe que su juguete, a pesar de ser más caro y más grande que el de los demás, necesita de compañeros de juego y no parece que haya nadie dispuesto a jugar con él.
Es curioso y no sé de qué se extraña este Marianito, porque, la verdad, nunca hizo nada para tener amigos. Más bien al contrario. Siempre rechazó jugar a nada que no controlase. Se inventó reglas estrictas con las que nadie podía jugar y escondió siempre los juguetes a los demás. Todo ello de espaldas a la realidad y como hacen los tan odiosos pelotas de la clase, dorando la píldora a los profes de Bruselas o los mercados y "chivándose" de cualquier movimiento de sus otros compañeros.
Creía Mariano que eso, tener el beneplácito de "la superioridad", le garantizaría un juguete parecido al que le dejaron hace cuatro años. Pero se olvidó de un detalle, el de que Papa Noel o quien quiera que fuese quien se adelantó el pasado 20 de diciembre lo ve todo, porque tienen millones de cabezas con ojos que lo han pasado muy mal estos últimos años y que nada hicieron para que el regalo fuese el esperado por Rajoy. Más bien al contrario, hicieron lo posible para que su regalo no le permitiese jugar sólo como hasta ahora.
Ese es Rajoy ahora, Rajoy sin la mayoría absoluta que le permitió hacer de su capa un sayo, errar en casi todo, especialmente en lo que afectaba a la mayoría de la población, a la que ha empobrecido, mientras sus amigos y protectores se quedaban con casi toda la riqueza, con el beneficio de siempre y con la parte del salario de los trabajadores que sus leyes, especialmente la Reforma Laboral, permiten
robar, sí, robar, a los trabajadores indefensos.
El mismo Rajoy que sube el IVA y baja los impuestos a los más ricos, el que no vigila ni permite que se vigile a todos esos que se llevan lo rapiñado a paraísos fiscales, el que facilita que unos pocos se lleven la espuma, mientras el resto, casi todos, fermentamos en la cuba. Un Rajoy mal aconsejado que llegó a creer que el dinero y el control de los medios de comunicación garantizaba casi todo, un Rajoy patético que ha caído demasiado tarde en la cuenta de que las cosas ya no son como eran, que, hoy, la verdad está a unos clics de ratón o a unas cuantas pulsaciones de teclado. Un Rajoy que no se dio cuenta a tiempo que, por más portadas que lleve a los portales del barrio de Salamanca o por más Marhuendas incansables que meta en todas y cada una de las tertulias televisivas, siempre hay un momento en el que el dolor y la rabia se imponen a todo lo demás.
Patético Rajoy, patético este líder de la derecha al que la crisis puso en las manos una mayoría que su partido no había tenido nunca, en el Parlamento, las autonomías y los ayuntamientos y que se le ha escapado entre los dedos como se escapa el agua de un cesto. Patético este Rajoy noqueado y sentado en su rincón de la Moncloa. Un rincón que ha creído tan suyo como para confundir la residencia del presidente del gobierno de España, recibiendo a sus adversarios, como si de su despacho de la calle Génova se tratase.
Un Rajoy tan patético como para ponerse al teléfono de un Carles Puigdemont de mentira, al que se compromete a recibir porque "tiene la agenda muy desocupada", en plena vorágine de la investidura. En fin y una vez más, patético Rajoy.

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