Para no hablar de..., por Javier Astasio

Comienza hoy para los españoles, catalanes o no, con banderas o sin banderas, una nueva semana, la enésima, en la que la información chorrea "procés", saturada como un bizcocho que ha se ha mojado más de la cuenta en el café y amenaza con romperse sobre la taza, arruinando todo lo que queda al alcance de sus salpicaduras.
Con Puigdemont estrenando libertad provisional, después de haberse entregado a la justicia escogida para no ponerse en manos de la justicia que le corresponde, esa a la que aceptó someterse al jurar la Constitución cuando asumió la presidencia de la Generalitat, mientras Junqueras y más de la mitad de sus compañeros en el gobierno cesado llevan ya días en prisión, queda claro que el president cesado no buscaba en Bruselas el paisaje, más bien gris, ni el foro desde que divulgar a los cuatro vientos las bondades de su fallida república o la maldad exagerada de eso que llama Estado y que no es otra cosa que la España que no le la razón. sino más bien un sistema judicial a la medida de sus necesidades, que no son otras que alejar los barrotes de su vida.
Digo esto, porque en la semana que lleva en la capital belga, apenas ha mantenido contacto con la prensa y, mucho menos, se ha expuesto a las preguntas de periodistas suficientemente informados de lo que está pasando en España y Cataluña. No hay más que ver la entrevista "ad hoc" que se le hizo en la televisión belga o su ridícula comparecencia en el Club de Prensa de Bríselas, en la que negó el derecho a preguntar a quienes eran mayoría en la agobiante sala, los periodistas españoles, excepción hecha de la televisión catalana, buscando quizá preguntas cómodas de voces aterciopeladas que le garantizasen, además, la difusión buscada. aunque no explicaciones a la mayor crisis abierta en España desde el veintitrés de febrero de 1981.
Y es que, desgraciadamente, esa ha sido la estrategia seguida por tirios y troyanos desde que estalló la crisis, teniendo en cuenta que, cuando digo crisis, no me refiero al "procés" sino a la crisis económica que ha devuelto a la sociedad española a los setenta del siglo pasado, la que ha abierto el abismo que hoy separa a los ricos, cada vez más ricos, de los pobres que, con trabajo o sin trabajo, llevan años sin llegar a final de mes.
En el origen de todo está, más allá de la torpeza o cara dura de Puigdemont, aún no me inclino por la una o por la otra, Artur Más que, con el caso Palau y la trama del tres por ciento al descubierto, amén de la sangría de recortes en la que fue pionero en España, encontró en la senyera el parapeto tras el que refugiarse o, en términos taurinos, la muleta con la que alejar el toro de las protestas ciudadanas de sí mismo y de su cuadrilla, un morlaco del que sintió cerca la cornamenta, cuando, después de las cargas contra los concentrados del 15-M en la Plaça de Catalunya, tuvo que volar en helicóptero para escapar de quienes cercaban el Parlament que estaba aprobando las duras medidas y recortes que había diseñado su gobierno.
Fue entonces cuando él y su partido abrazaron la independencia que hasta entonces habían rehuido, fue entonces cuando comenzó a dejarse fotografiar con esteladas, cuando se acercó a Junqueras y se alejó de Durán Lleida, y cuando antepuso los sueños independentistas de una parte de los catalanes el bienestar de todos. A partir de ahí, todo lo que no fuese "procés" quedaba relegado. Las escuelas, los hospitales, los parados o las residencias de ancianos, los comedores sociales o las infraestructuras sin el tristemente famoso "tres por cuento" quedaron en un segundo plano, tras la quimérica república catalana", del mismo modo que las peripecias de su sucesor, el huido Puigdemont, convenientemente aderezadas con algún que otro despropósito judicial, han tendido una densa niebla sobre el estropicio que sus maquinaciones han dejado a la legalidad en Catalunya.
Sin embargo y como para cada roto hay un descosido, la actitud de Rajoy no es muy distinta de la del cesado president, que hizo del combate contra el "demonio secesionista", llevado con el peor de los sectarismos, a sabiendas de que, como a Mas y Puigdemont, esos combates, en los que todo vale, les eximen rendir cuentas en todo lo demás.
Es tan triste como eso. A los dirigentes de uno y otro lado, todo lo demás les da igual, como les da igual que esta crisis secesionista se solucione, porque, mientras exista, existe la gran coartada que todo lo tapa, que todo lo perdona. Por eso les viene tan bien lo que está pasando, por eso está muy bien eso de que Puigdemont ocupe telediarios y portadas, porque su omnipresencia sirve sobre todo para no hablar de otra cosa. 
Ojalá todos lo vieran tan claro como yo creo verlo y, en las próximas elecciones, catalanas o generales, diésemos nuestro voto a quienes quieren solucionar el problema, en vez de a quienes se sirven del problema para solucionar o esconder los suyos

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