Para comerse una paella, por Javier Astasio

 
 
Está claro que hace tiempo que nos hemos caído del guindo y que algunas boutades que hace sólo dos años éramos capaces de aplaudir y compartir hoy nos suenan ridículas y, a veces, incluso insultantes. Es el caso de la soberbia tontería que escuché ayer a una colaboradora de un programa de radio, que, al enumerar las ventajas del AVE, se atrevió a incluir la de ir a comerse una paella a Valencia. No tengo la menor duda de que, para ella, que seguramente lo ha hecho o está dispuesta a hacerlo, esa es una innegable ventaja, pero, del mismo modo, estoy seguro de que a más de uno se le atragantó el café de media mañana al escuchar, desde cualquier pueblo o ciudad no bendecida por el tren de alta velocidad, tamaña frivolidad.
Se nos olvida o simplemente lo ignoramos porque nadie nos lo ha querido decir con la insistencia que nos dicen otras cosas que, para hacer el AVE o a causa del AVE, muchos de esos pueblos y ciudades se han quedado sin ferrocarril, sin ese tren que acercaba todos los días a trabajadores, estudiantes y enfermos a sus destinos. Se nos olvida que no todos los españoles pueden o quieren tener coche y no por ello dejan de tener derechos como los demás.
La España del AVE ha sido una mezcla de necesidad de modernizar las infraestructuras del transporte, sueño de nuevo rico y servilismo trilero de algunos políticos para con sus votantes, que, ahora, visto lo visto tiene más de decepción y pesadilla que de aquellos que nos quisieron vender. Ya no se puede ir a la estación a ver pasar los trenes, como recordaba Severino Donate en la SER con esa poesía tan hermosa como cruda que sólo él sabe crear con ideas y sonidos, Ya no se ven pasar trenes por donde lo hacían y, lo que es peor, ya no paran esos trenes para que suban y bajen viajeros por las estaciones que en un tiempo fueron centro neurálgico de las ciudades.
El AVE está pensado por ciudadanos pudientes para ciudadanos pudientes. Qué pocos españoles han podido "montar" en ese AVE que han pagado con sus impuestos y a cuántos, a cambio, les han quitado su tren de toda la vida.
Se cuentan por miles los españoles del interior, de esas capitales por las que se hizo pasar sin ningún sentido tan estilizado tren, que cada semana, por no tener dinero para pagarse un billete en él, se ven obligados a hacer el viaje en un incómodo autobús, atados a un asiento, compartiendo molestias, frío o calor, sin posibilidad de estirar las piernas o tomar un café, aunque sea uno de esos horribles cafés de máquina.
El AVE está muy bien para sustituir los vuelos interiores, es perfecto para quienes necesitan moverse de una capital a otra con rapidez y sirve también para facilitar el turismo interior a determinados destinos. Pero es imposible que el AVE sustituya a los modestos trenes de media distancia que tanto y tan buen servicio han prestado a los españoles durante tanto tiempo.
El ave sirve también para que los contertulios de toso y sobre toso puedan cumplir con su agenda y recorrer España de bolo en bolo, cumpliendo escrupulosamente sus agendas. También para que alguno de ellos pueda permitirse, de vez en cuando, ir a Valencia para comerse una paella y volver en el día. Pero eso no deja de ser una frivolidad que, en los tiempos que corren, puede llegar a volverse insoportable para quienes lo están pasando mal.
 
 
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