Pánico a Podemos, por Javier Astasio


A seis meses de la cita con las urnas, el sistema, y me refiero al de las multinacionales, el IBEX 35 y los especuladores, en resumidas cuentas, el suyo, que no el nuestro, se movilizan a toda prisa para sacar a la luz todo aquello que, a su modo de ver, pueda dañar la imagen de la formación que, sólo con la sombra de un cada vez más que hipotético voto masivo a sus candidaturas, ha sido capaz de provocar el mayor terremoto político que recuerda este país que poco a poco despierta de su sueño de cordero inducido por una falsa sensación de opulencia que los malditos delincuentes de cuello blanco aprovecharon para despojarnos de derechos y riqueza.
Son los mismos que, después de haber meado en plena euforia el avispero, temen ahora el aguijonazo de la sociedad, tan cansada y desengañada, en un país saqueado por unos y por otros, sin que nadie, ni siquiera quienes se decían de izquierdas, haya hecho nada por defender a los ciudadanos a los que poco a poco se les ha privado del bienestar, del trabajo y, ahora, sus más elementales derechos.
El PP llegó al poder con la intención de resucitar la hegemonía de la oligarquía, empobreciendo a las clases medias a los trabajadores de la riqueza de una sanidad y una educación públicas y gratuitas, su única oportunidad de romper las barreras sociales, por el contrario y con la pasividad o la anuencia de quienes, desde el PSOE, se dicen socialistas, han agrandado el foso que separa a los cada vez más ricos de los cada vez más pobres.
Y no es, como pretenden algunos que quienes votaron y piensan votar a Podemos se hayan vuelto locos o estén siendo engañados por bolivaristas sin escrúpulos, poco menos que piratas ávidos de su sangre y sus riquezas. Qué va. Lo que ocurre es que esos ciudadanos han recuperado la cordura y, con los ojos bien abiertos, están viendo claro que quienes sí les engañaron fueron todos aquellos que les hablaban del mal menor, el bien común o el voto útil, y es precisamente por eso que los impostores temen ahora su reacción.
Las grandes empresas, las que, desde que comenzó la crisis, han multiplicado sus beneficios, las que desmantelan factorías una vez cobradas todas las ayudas públicas a cambio de crear empleo, dejan nuestro país y se marchan, como hacen las sanguijuelas y garrapatas, para instalarse en otros países con nuevas ayudas económicas, con salarios más bajos, con legislaciones más laxas que dejen a sus trabajadores menos protegidos. O eso, o hacen todo lo posible para "bangladeshizar" a la sociedad española, para convertirnos en ciudadanos resignados a que ellos o sus hijos no cobren los salarios dignos o disfruten de las condiciones dignas que tantos años de lucha y, por qué no, tanta cárcel y tanta sangre costó conseguir.
Han entrado en pánico y desde las instituciones de dentro y fuera de España se agita el espantajo de la caída de nuestra economía, como si lo que ellos defienden no hubiese hundido ya nuestras vidas, por eso dejan que se hable de reuniones y acuerdos para que las grandes empresas, las del IBEX 35, se marcharían de nuestro país ¡cómo si ya no estuviesen llevándose a paraísos o limbos fiscales lo que ganan aquí! Han entrado en pánico y andan buscando e las vidas de quienes han decidido que son sus enemigos para arrojar sobre ellos cuanta basura encuentren. Y no paran en barras en su propósito. Les da lo mismo mentir que exagerar y son capaces de convertir, como ayer hizo ELPAÍS, la declaración de la renta de Pablo Iglesias en algo vergonzante, cuando no es muy distinta de cualquier ciudadano de clase media con una cierta notoriedad pública y presencia en los medios.
Tienen miedo, sienten pánico ante el hecho de que Podemos pueda dividir en tres pedazos la tarta del poder y, sobre todo, a que el pedazo quizá más grande del pastel resultante no sea tan manejable ni tan dócil como lo han sido los dos pedazos que nos han gobernado hasta ahora. Por eso van a hacer lo imposible para que ese pánico, esa histeria, se extienda entre los más pusilánimes, creando una alarma social innecesaria porque, que yo sepa, lo que sale de las urnas nunca debe temerse y, puestos a temer, nada puede ser peor que nadie cambie en este país.


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