'País de tontos', por Javier Astasio


Vivo en un país lleno de tontos y, de todos, yo debo ser el más tonto. Lo digo porque tengo o he tenido de todo. Tengo una hipoteca con cláusula suelo, he pagado los gastos de un notario propuesto por Caja Madrid que, que yo recuerde, no me advirtió de lo que firmaba. me rompí el codo al caer por las escaleras del metro en un tramo sin barandilla ni advertencia de peligro y no dicen que no tengo derecho a una indemnización, porque los aguerridos vigilantes de seguridad que en todas las estaciones se preocupan de que nadie viaja sin billete no estaban en su puesto cuando les necesité y no fui consciente de que me había roto el codo hasta que, horas después, vi que la inflamación y el dolor iban a más y, para entonces, ni las grabaciones de seguridad que estoy convencido que había ni los informes médicos que probaban mis lesiones, sirvieron de nada. También tuve preferentes y las tuvo mi padre y, si nos fue devuelto el dinero es porque yo, con una agudeza visual próxima al 15 %, y mi padre, con casi noventa años, no leímos ni fuimos conscientes de lo que firmábamos y, ahora, por si fuera poco, me entero de que, en lo más crudo del invierno, estoy pagando la electricidad más cara de la Historia, mediante una factura incomprensible, en la que los precios se fijan. al antojo de los de siempre, en un mercado presuntamente libre, lleno de trileros que, estoy seguro, cobran incentivos y bonus por conseguir la mezcla de energías que conforme el kilovatio más caro posible.
Y nadie protesta, yo tampoco lo hago, porque vivimos en un país cansado de protestar, desnortado y desilusionado, que traga con lo que le echen, porque quienes deberían defenderle, los que cobran su sueldo de diputado o de senador de nuestros impuestos y llegan a sus escaños con nuestros votos, saben de sobra que, antes o después, si hacen las cosas "bien! acabarán poniendo sus culos de señorías en la  poltrona de algún consejo de administración que, antes o después, cuando amaine la tormenta, dará su bendición a quienes volverán a chuparnos la sangre o a intentarlo al menos. Mientras tanto, el gobierno consistiendo, porque, con el IVA de esos recibos injustos que no todo el mundo puede pagar, hace la caja que debiera hacer con los beneficios de las empresas que los emiten y, así, todos, léase los poderosos de siempre, contentos
He tenido preferentes que me vendieron cuando quise poner a salvo parte de la indemnización por mi cruel despido, tan cruel como todos, aunque menos que los que se hacen ahora, todos los días, porque ocurrió en tiempos de Zapatero y el mango de la sartén, en manos, como siempre, de los empresarios, era más corto. He tenido preferentes que me vendieron sin piedad, a sabiendas de que, con ese dinero se iban a pagar las tarjetas black y todos los dispendios de Blesa, Rato y sus consejeros de todos los colores, por cierto, y, lo que es peor, la orgía de créditos suicidas con que las cajas y bancos inflaron hasta reventarla la burbuja inmobiliaria. He tenido una hipoteca cepo, de esas que firmas cuando eres joven y crees que vas a comete ese mundo que, al final, cuando ya no tienes el entusiasmo ni las fuerzas que tenías en la firma, acaba por devorarte. Tengo también un recibo de la luz y otro del gas, caros los dos, que, si no lo son más, es porque escamado por tanto trapicheo, por tanto baile de siglas y propietarios, en el que los gobiernos, el de Zapatero incluido, y los partidos apostaron fuerte, por unos o por otros, haciéndonos creer que lo hacían por nosotros y por el país, para llevarnos al cabo al triste escenario en el que estamos.
Y, si este es el panorama visto por un sesentón con una pensión suficiente y unos pequeños ahorros. imaginaos cuál puede ser el de nuestros hijos, con sus sueños, sus proyectos y sus esfuerzos. junto con los nuestros, sumidos en la mayor de las desesperanzas, sabiendo que su vida difícilmente será como la nuestra y menos como la imaginaba, atrapados en una red de intereses, dispuestos a sacarles el jugo sin apenas nada a cambio. Pero yo, pese a todo, confío en la sabiduría y en la fuerza de esos jóvenes, nacidos en un país de tontos sumisos que, con suerte, muy pronto van a dejar de serlo.

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