Otro PSOE, por Javier Astasio


A veces, para entender los que pasa dentro, hay que mirar hacia afuera. Es precisamente eso lo que está ocurriendo en el PSOE desde que, el pasado domingo, anunció sus intenciones y comenzó a tomar sus primeras decisiones. No hay más que ver las reacciones de los otros, las declaraciones de quienes antes o después volverán a ser sus rivales en las urnas o, quién sabe, sus hipotéticos aliados, para comprobar que Sánchez va por el buen camino.
De memento y desde la experiencia de haber padecido su gobierno durante cinco años, sé que lo que es malo para Rajoy suele ser bueno para los ciudadanos y, aferrándome a esa convicción. no puedo más que felicitarme al ver la inquietud, si no pánico, mal disimulados que la designación de Sánchez y su primera declaración de intenciones, fijándose como objetivo desalojarle de La Moncloa, han provocado en el líder del PP. 
Del mismo modo las acusaciones que desde el mismo PP y desde Ciudadanos se lanzan contra el flamante secretario general socialista de estar "podemizándose" deberían indicarnos que esa es y no otra la senda, la de hacer todo lo posible para conseguir una unidad de acción de la izquierda, la que debería seguir el nuevo PSOE, el recién reconquistado por sus bases, en el futuro.
Han sido demasiados los años en los que los dirigentes del partido han vivido de espaldas a la gente, demasiados los años en los que esos dirigentes, Bono, González. Almunia, Rubalcaba o la misma Susana Díaz, tenían más que ver con los Zaplana, Gallardón o Cospedal y sus amigos que con la mayoría de los militantes de su partido. No sé si porque el roce hace el cariño, lo cierto es que unos y otros habían llegado a tener demasiadas cosas en común, desde asientos en los palcos de los estadios de fútbol a algún que otro negocio poco claro.
Eso, desde ya y, aun siendo pesimista y agorero, hasta dentro de unos años ya no será lo mismo, entre otras cosas, porque los militantes que han creído en Sánchez y le han dado todo su apoyo van a estar muy vigilantes para que toda su ilusión no acabe malográndose como ocurrió con esos otros líderes, a los que emborracharon el poder y la confianza de los electores, hasta el punto de dejarles ciegos y sordos para los problemas de los ciudadanos.
Al otro lado del arco político, Podemos parece también querer hacerle los deberes a Sánchez, algo a lo que Iglesias ya está acostumbrado, olvidando que el Pedro Sánchez marioneta de González y sus interesas con el que negoció la investidura tiene poco o nada que ver con el Pedro Sánchez crecido y autónomo que ha resurgido de las primarias, con el que tendrá que hablar, no desde la soberbia que justificaba el imposible, sino desde la deseable colaboración que esperan los votantes de uno y otro.
Está claro que el PSOE de hoy no es el de hace tan sólo una semana y, e so, bien lo saben quienes se jugaron todo a la carta de la continuidad de Susana Díaz. Por eso los Lambán, los García Page y los Tximo Puig o la misma Susana Díaz están cavando trincheras en torno a su fortín, acopiando fuerzas para tratar de impedir que esa marea de renovación que parece haber despertado tantas ilusiones en quienes queremos que todo esto cambie desde el pasado fin de semana.
Creo que, mientras no haya elementos que garanticen el éxito de una moción de censura, lo más útil va a ser el desgaste parlamentario, algo que, con la gestión del grupo parlamentario que, no me cabe duda, hará Margarita Robles va a confirmar que "cuanto peor -para Rajoy, claro- mejor para todos". Parece que desde el domingo hay otro PSOE, uno que en los primeros años de la democracia fue capaz de colaborar con el PCE para comenzar a cambiar este país. Esa es la única salida, porque, como  dice el lider de CCOO, Ignacio Fernández Toxo, quien, por cierto, encarnó el domingo la primera representación del sindicato en un congreso socialista, "si alguien en la izquierda  piensa en llegar a La Moncloa en solitario, se equivoca". Esperemos que se den cuenta de ello y que se vuelva a aquella fraternidad perdida y que lo que viene se parezca en todo, menos en la vergonzante deriva que tomo luego. 

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