Otra vez la Botella, por Javier Astasio

Ayer no pude menos que indignarme al escuchar a la alcaldesa de Madrid, que su dios confunda, recitando de carrerilla, otra vez y como en la fiesta de fin de curso de los colegios de postín en los que se educaron ella y sus amiguetes, el papel que alguien, mucho más listo y más taimado que ella, le había escrito con el revuelto de daños y gastos que, según ella, nos costará a los madrileños la marcha por la dignidad del pasado sábado.
Me indigné, porque exhibir esas cuentas apenas setenta y dos horas después de celebrada, primero, por más de un millón de ciudadanos y reventada después por unas cuantas decenas de ellos, que contaron con la inestimable colaboración de los ineptos mandos policiales, cuando aún no han rendido, al menos con una difusión equivalente las de lo que nos costó el fiasco olímpico o, lo que es aún peor, las aquella agobiante Jornada Mundial de la Juventud Católica que paralizó Madrid y lo llenó de orines y desperdicios a mayor gloria de beatos y beatas, corderos de dios y, sobre todo, el morral de sus pastores, a costa de la cartera y la tranquilidad de todos los madrileños, creyentes o no.
Recuerdo este "evento", como les gusta bautizar estas cosas a los pijos, porque, entre las innumerables ocurrencias de los organizadores, estuvo la de saldar el precio del metro para los jovencitos de mochila, sin ninguna limitación, con lo que los madrileños que regresaban de sus trabajos se dieron de bruces con un metro a reventar y al borde de su seguridad, en el que ancianos y mujeres embarazadas eran arrastrados o aplastados por aquella marea amarilla de adolescentes cantarines, algunos en éxtasis más alcohólico que místico.
Aquello sí que nos costó a los madrileños y no sacamos nada a cambio de una ciudad paralizada durante tres días, con actos montados a veces a escondidas que inutilizaron para el tráfico toso el centro de Madrid. Pero también nos cuesta cada uno de los partidos o los conciertos que paralizan los alrededores de los estadios, con bula para aparcar en aceras o en medio de la calzada, sobre todo para los primeros, durante los cuales los policías municipales hacen escandalosa dejación de sus funciones, consintiendo, incluso a costa de otros conductores, los excesos de la gente que acude al estadio, cómoda e insolidariamente, en coche.
La alcaldesa es la tonta útil e inmejorablemente pagada de alguna cabeza pensando del PP que sabe qué hace ya tiempo que la calle no es suya y, también, que ni siquiera pueden invocar ya esa mayoría silenciosa abducida por el televisor o los periódicos del "régimen". Ana Botella es una pieza más de la maquinaria de su partido, empeñada, ahora que nos han quitado casi todo, en quitarnos también el derecho a protestar.
Al día siguiente de la marcha que fue cívica y pacífica hasta que la Policía decidió reventarla, desalojando el acto central media hora antes de su final previsto, se celebró otra marcha en contra del aborto, convocada desde las páginas de la prensa "fiel", sin que, a estas horas sepamos cuánto nos costó a los madrileños que, esta vez sí, les dejamos solos.
Otra vez la Botella, ahora quiere la alcaldesa echar del centro de Madrid a quienes protestan. Quiere, al parecer, resucitar la vieja idea del manifestódromo, del que nunca se acordaron cuando de lo que se trataba era del acoso y derribo de Zapatero, quiere que nos manifestemos sin que se nos vea y sin hacer ruido "porque perjudicamos la imagen de la capital". Y lo dice la misma señora que nos puso a todos en ridículo con su invitación en inglés de mil palabras, o menos, y declamación de ursulina, invitando a los guiris a tomar café en un sitio donde, entre burdos Bob Esponja o mickis de disfraz sucio, se toma cualquier cosa menos café, aunque, eso sí, a precio de champán francés. 
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