OTRA VEZ 8 DE MARZO, por Javier Astasio

Otra vez ocho de marzo y, de nuevo, las mismas reivindicaciones, los mismos derechos incumplidos, la misma desigualdad, la misma injusticia. Aún recuerdo aquellos años de mi infancia en los que, en plena dictadura, la mujer, la pata quebrada y en casa, era una máquina de parir y crear hijos, una máquina de limpiar, barrer, fregar, lavar y cocinar, a la que, si salía, también le correspondía hace alguna "faena" fuera de casa y, siempre, atender los deseos del rey de la casa, que, para ello se había convertido con el matrimonio en el "reposo del guerrero". Hace de eso ya medio siglo y, sin embargo, mucho de eso que os digo sigue siendo una realidad sangrante.
En una época como la que vivimos, la mujer suele ser la primera que pierde en la familia su puesto de trabajo "decente", con un salario más o menos digno, seguridad social y pagas, para pasar a la legión clandestina de asistentas que, de casa en casa, y así completar, ahora en negro, los ingresos dejados de percibir. En unos años en los que la fuerza de trabajo se ha devaluado, en lo que ha caído de modo cruel el precio de cada hora trabajada en el mercado, el trabajo de las mujeres lo ha hecho mucho más que el de los hombres, hasta niveles en los que la mensualidad se convierte casi en una afrenta, en un insulto. Y, cuando ya nadie tiene trabajo en el hogar, es la mujer la que limpia culos o friega escaleras para llevar algo que comer.
Vivimos unos tiempos muy duros que son más duros para las mujeres, porque, casi siempre, los hijos y la casa son más de la madre que del padre. Unos tiempos en los que las niñas tienen muchas más posibilidades de acabar con una escoba, un trapo o un puchero en sus manos que los niños, tiempos en que se les sigue enseñando a someterse y callar. Unos tiempos en los que, ante las dificultades, para, por ejemplo, estudiar en la universidad, quienes se quedan a este lado del obstáculo son casi siempre ellas. Unos tiempos en los que las becas, el ariete con el que echar abajo esos muros, están dejando de fluir, apartándolas de ese "ascensor social" que, al menos hasta hace poco, habían sido los estudios superiores.
Y, eso, si se es español con todos los derechos, porque las otras, las que han venido a España a ganar un sueño, las que hoy, como ayer las españolas iban a Francia, Alemania o Suiza, vienen a nuestro país a ganar un sueño, a dar estudios a sus hijos aquí, o a pagarles una carrera y una casa allí, ellas, lo tienen mucho más difícil.  Y no es difícil verlas, reventadas de trabajar, cruzando Madrid o cualquier otra gran ciudad en el metro, cansadas, tristes muchas veces, para llegar a una cama en una habitación de una casa compartida, en la que, a veces, tiene que sufrir los abusos de cualquier compañero o del propio marido ebrio, corriendo el riesgo indeseado de sumar otro hijo a la prole o el de someterse a un aborto que no siempre se lleva a cabo en las mejores condiciones.
Y eso me lleva a otro asunto, el de la salud, el del derecho a estar enfermo, que a las mujeres no siempre se les reconoce, porque su trabajo es más inseguro y porque faltar uno o más días al trabajo puede llegar a suponer una quiebra en esos sueños por los que luchan estas mujeres que, haga frío o calor, cuidan a los niños o a los padres de otros como no pueden cuidar de los suyos. Doble castigo el de ser mujer y trabajadora, que se convierte en triple si esa mujer es, trabajadora en un país extraño que no le reconoce todos sus derechos y en un castigo infinito, al que sólo una mujer puede sobrevivir, si, además de todo lo anterior, la mujer, con sus hijos, huye de una guerra o del terror que se apodera de su tierra y se convierte ella misma en hogar y refugio de su prole.
Es ocho de marzo, un día, no para celebrar, sino para reivindicar un respeto y una igualdad que, por desgracia, aún están muy lejos.

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