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¿Otra burbuja?, por Javier Astasio

 
El barrio de La Latina de Madrid. El Rastro, Lavapiés, el centro castizo de mi ciudad han sido desde hace más de cuarenta años mis barrios. Soy del otro lado del río, pero todas esas calles se convirtieron en escenario de mis primeros vinos, algún que otro porro y, sobre todo, mi escuela de vida junto a amigos a los que sigo viendo y con los que sigo compartiendo de vez en cuando otros vinos, mejores, pero más caros, y otras conversaciones más maduras, más resignadas diría yo, en las que, al menos para mí, la música y la política, si es que conseguir el bienestar de los demás lo es, son los ejes de la charla.
Sigue siendo mi barrio, pero ya no lo es. Las cavas ya no son las mismas. Siguen moviéndose por sus aceras y sus viejas tabernas y mesones, convertidas hoy en "locales", personajes de barrio, pero ya en minoría. Lo que prima son quienes alborotan en inglés o en italiano, convirtiendo en ruidosos bares de copas lugares cargados de historia y de saber popular, el que al final importa. Pero esto que os digo no ocurre sólo a nivel de esa calle en las que, hasta los comercios tradicionales, las tiendas del barrio se han se han rendido al chupito y el copeo fácil. También se hace notar en los portales y las escaleras de edificios con más de un siglo y a veces de dos siglos de vida vivida sobre sus vigas.
Son calles hermosas, armoniosas, acogedoras, en las que apenas queda ya nada ni nadie que sostenga esa vida. Aquellos pisos de enormes pasillos, aquellas celdas de colmena, aquellos agujeros a veces miserables que jugaban a ser hogares en corralas y buhardillas, son ahora estudios, armarios diría yo, apartamentos y pisos en alquiler que sólo un potentado podría pagar. La codicia, la especulación y el "low cost", con la ayuda de un gobierno sin alma, se han apoderado de los rincones de vida que había en esos barrios, poniéndolos en alquiler a miles de kilómetros por cantidades inalcanzables aquí que difícilmente puede pagar un español, incluso con trabajo.
En esas calles ya no quedan vecinos, ni siquiera nuevos vecinos. Los de siempre, los de toda la vida se han ido muriendo o han sido expulsados a otros barrios o a residencias de ancianos pagadas, no sin dificultades, con el piso en que vivieron. En esos barrios apenas quedan ya niños y los que quedan hablan, no ya con otro acento, sino en otra lengua. La codicia está acabando con la vida en mi barrio, en mi ciudad, porque arrastrar maletas, escándalos y resacas por sus calles, no es darles vida. Algún día la paz llegará al Mediterráneo, otro país distinto del nuestro se pondrá de moda y el sonido vital de las cocinas y los balcones abiertos, el que está siendo sustituido por los portazos a media noche, el arrastrar de maletas por viejas escaleras de madera y los pesados ronquidos de la resaca, el traqueteo de las reformas, ese ruido amigo ya no regresará, porque el barrio, su vida, su gente, habrán desaparecido en aras del negocio de unos pocos.
Mientras tanto, el gobierno a verlas venir, mejor dicho, a consentir este expolio que deja las ciudades sin vida, sin alma. Ahora, con las elecciones cada vez más cerca y la posibilidad de que "los sin casa" se conviertan en un nuevo frente, trata de poner un parche, uno de sus parches, pero, como el alacrán, el PP no puede escapar a su condición y el parche más que una solución es una nueva "oportunidad de negocio" para las hienas de la especulación que acabarán embolsándose las míseras y selectivas ayudas, en lugar de hacer más llevadero pagar el alquiler para quien realmente lo necesita.
Una vez más, el dinero de todos, las ayudas, acabará en los bolsillos de los fondos de inversión y los especuladores. Si en lugar de ello, se legislase y se controlase este fenómeno cruel, nuestras ciudades pervivirían y seguirían siendo atractivas y encantadoras para quienes, en su visita buscan algo más que alcohol y sexo.
El daño ya está hecho. Ahora sólo queda recoger velas y tratar de reconstruir el tejido vecinal que daba vida a los barrios. Vigilar para que esos alquileres se hagan sólo a la luz del día, para que los impuestos que generan, como cualquier otra actividad industrial, se paguen, se paguen en España y repercutan en beneficio de los españoles. Cualquier otra medida, especialmente las propuestas que hizo el gobierno el viernes sólo contribuirán a inflar los alquileres a crear una nueva burbuja que, cuando estalle, volverá a golpear a los de siempre, no a quienes la causaron que, para entonces, ya estarán reinvirtiendo sus beneficios en otro país o en otro sector. Y mientras nuestras ciudades, sus barrios, convertidos en barrios fantasma, sin vida.