Os maté porque érais míos, por Javier Astasio



Que la derecha siempre ha tenido un sentido patrimonial del mundo y de la vida está claro. Un cacique como el candidato Cañete que, no debemos olvidarlo, es un Domeq consorte, tiene claro que todo lo que es capaz de divisar, a pie o a caballo y pobre caballo entonces, le pertenece. Y, si no a él, al vecino que, antes o después, mezclará su sangre con la suya, la de sus hijos, para engrandecer sus horizontes.
Por eso no debe extrañarnos que quienes, desde décadas, si no desde siglos, han dispuesto de las tierras, de los bienes de producción y de las vidas y haciendas de quienes están por debajo de su pedestal o de su cuna pretendan seguir haciéndolo por muchos años, por si mismos o por sus hijos.
Con esta crisis, consecuencia de la codicia de quienes quisieron ampliar su negocio vendiendo sueños a los que no podían pagárselos y que, desgraciadamente, perdieron el sueño y lo poco que tenían, incluido el trabajo, la derecha, además de aumentar su riqueza -no conozco a ninguno de ellos que sea hoy más pobre que hace seis años- se ha esforzado y cómo en hacer los reajustes necesarios para abaratar los costes de todo lo que sostiene su riqueza. 
Así ha hecho las reformas oportunas para que despedir en España salga casi gratis y poder así despedir a trabajadores que se han dejado su vida en las oficinas, los mostradores, los almacenas, las cadenas de montaje o los bancos de los talleres, sin esperanzas de volver a encontrar un empleo, en medio del desierto que conduce a la jubilación, para, trampeando la ley, por más que ya les fuese favorable, sustituirlos por otros trabajadores más jóvenes, mejor preparados o no, pero con sus salarios y sus derechos claramente disminuidos.
La derecha nos ha mirado siempre desde su castillo, arando su finca, y, por eso, cuando la cosecha es mala o no cumple sus expectativas, nos mandan a sus capataces,  sus comisarios o sus recaudadores, para sacar de nuestra piel la diferencia. A la derecha no le interesa o no le ha interesado nunca la gente que no es de lo que Rajoy llama "la buena estirpe". Miento, de vez en cuando le interesa. Le interesa cuando necesita sus votos para encaramarse al poder, ahora que vivimos en una democracia formal. Le interesa para que le den el poder que le permita recortar esos derechos y esos servicios conquistados tras años de dolor y lucha. Le interesa que, cargado con la carnada del egoísmo, lo cambien por una bajada de impuestos que, para ellos, los imbéciles que pican, son migajas y, para ellos, un festín.
Lo tienen tan claro y tienen tan claro que la alternativa socialdemócrata es apenas una franquicia de lo suyo que se permiten, como acaba de hacer el candidato de la derecha, Juncker, reconocer que se han pasado en austeridad y que han causado mucho dolor, pero, eso sí, sin rectificar ni reparar todo el daño causado. Con sus trajes caros, sus gafas de diseño, sus corbatas de seda y sus modales, pretenden engatusarnos, pero son los mismos. Son los del caballo y la fusta, los del derecho de pernada establecido o asumido. Los que, como Cañete, no se sienten culpables de esa forma de racismo que es el machismo, porque lo han mamado en casa, lo han comulgado en misa y se lo han reído en las sobremesas. No tienen respeto por nadie ni por nada y por eso dicen que se han equivocado en la dosis de austeridad como dirían que se han pasado con la sal en la paella.
No tienen remordimientos, porque nos consideran suyos, llorarían más por un perro o un caballo, y nos matan, poco a poco, desde Bruselas o desde Madrid, pero nos matan, porque, como en la copla, están convencidos de que somos suyos.



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