Opinadores profesionales -el síndrome de Chatwin-, por Gabriel Merino

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Todos tenemos en casa un médico, un abogado, un fontanero, un entrenador de fútbol, un crítico musical o de cine, un informático, un dietista, un político, un decorador. Opinar no cuesta nada. Y hay campos de la experiencia o del saber en que todos nos permitimos opinar como si supiéramos de primera mano. Lo hacemos con tanta vehemencia que parece que sabemos tanto como quien ha dedicado su vida a estudiar o trabajar sobre el tema en cuestión.

Partamos de que no confío a ciegas en la teoría. Ni en un master MBA. La primera vez que nos enfrentamos con la práctica todos somos pardillos, por mucho que hayamos estudiado. Pero observo que asistir hoy a una tertulia social, artística, política, jurídica o incluso a una reunión de vecinos o de padres de alumnos no es exactamente ir a las tertulias del Pombo o del Teide o atender a un discurso de Cánovas o Sagasta.  El opinador profesional ha perdido hoy el recato, el miedo y la vergüenza torera y de igual manera pone los puntos sobre las íes a la nouvelle cuisine que a la política impositiva: enmiendan la plana a los profesores y también  critican al especialista que les extiende una receta.

Cierto es que algunos sectores se lo han buscado a pulso. Si los sesudos ecónomos del Fondo Monetario, el Banco Central o las agencias de calificación no fueron capaces de prever la que está cayendo es hasta lógico que nos cabreemos cuando nos dicen –hacen recomendaciones, le llaman- cómo debemos administrar nuestra pensión o en qué fondos debemos invertir, si tenemos para ello. Si los partidos políticos pían, ladran, berrean y barritan cuando están en la oposición contra el gobierno de turno para hacer más de lo mismo cuando pillan cacho, es hasta lógico que la gente salga a la calle y se indigne.

Pero ahora, el mea –el nostra- culpa. Asisto cada vez más atónito a debates, coloquios, tertulias periodísticas en las que atildados jóvenes encorbatados o con aspecto de líderes sociales de la calle opinan de todo. Recuerdo con añoranza las tertulias con especialistas de “La Clave” y observo con tristeza como declinan programas como “Documentos TV” o “Redes”. Y es que es fastidioso que alguien sepa de algo más que tú, y más si lo sabe de primera mano. Es tiempo de pontificadores, teóricos, masters y tertulianos. Creo que la libertad de expresión y el derecho a manifestarse son bienes democráticos sagrados, pero en ningún caso pueden confundirse con la especialidad, y menos con la “palabra de dios”. En lo nuestro, recuerdo cómo admirábamos a De la Quadra Salcedo, que para hablar de algo “había estado allí”. Adoré también los textos de Bruce Chatwin desde el momento en que leí “Los trazos de la canción”: para hablar de Australia, tienes que haber conocido Australia. Hoy, el oficio se limita en un 90% de las ocasiones a repicar notas de prensa remitidas o a recitar los salmos que te dicta tu grupo de presión.

Y luego no dudo que si Paracuellos se ha quedado sin ambulancias para atender un sábado un subidón de azúcar a Belén Esteban poniéndole a las mismas puertas de la muerte, ese día se queje abiertamente en el “Sálvame”. Pero de ahí a dictar a la Consejería de Sanidad cómo debe distribuir sus presupuestos, pues…

Todos sabemos de lo suyo más que Mourinho, que Rajoy y Zapatero, que Christine Lagarde, que el presidente de la comunidad de vecinos y que el profe de nuestros hijos. En lo que toca al periodismo sigo admirando a quienes están en la guerra,  a los que han estudiado la ley y no sólo sentencian, a los que patean la calle buscando la declaración y el contraste, a quienes su agenda es tan amplia que les permite hablar con el que gobierna y con el que está en la oposición y siempre, a quien se documenta  con cierto rigor –ya no digo con ciencia- antes de hablar.

En lo que me toca a mi, mientras hablo en una discusión de amigos, sigo diciendo lo que me da la gana. Y no hay quien me baje del burro. Informar es otra cosa. Y respecto a si alguien se toma mis textos como una estadística, una homilía o un libro de instrucciones, para todo aquello en lo que no he tenido acceso a la fuente directa, pido perdón. Columnismo, tan sobrevalorado. No es una imagen fotográfica ni un micrófono con altavoz al protagonista. No es mi verdad, porque verdad sólo hay una. Puede ser ideología, no información. Es mi libertad de expresión: sólo es opinión.

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Gabriel Merino
Jefe de Opinión de Periodísticos.com