Ombligocéntricos, por Javier Astasio


No me extraña que Esperanza Aguirre se descolgase ayer en el debate electoral asida a la liana de la xenofobia, proponiendo el "barrido" de las calles del centro de Madrid, las otras no le importan, porque molestan al turismo que, hoy por hoy, es lo único que parece preocuparle de la ciudad de la que quiere ser alcaldesa. No me extraña, porque, al fin y al cabo, los ciudadanos del siglo XXI nos hemos acostumbrado a ver el mundo como turistas y, que quienes duermen en las calles son españoles o extranjeros, poco o nada nos importa. ES más, mejor si no son de aquí, porque se les puede subir a aviones o autobuses para echarlos.
Sabe lo que hace la condesa. Sabe a quién se dirige. Sabe que a mucha de esa gente no le importa que les pidan los limosneros, si lo hacen a la puerta de la iglesia y son "los de toda la vida"". Los otros, los negros y los rumanos, que se hubieran quedado en su tierra. Otra cosa son los que llegan con sus sandalias con calcetines, sus cámaras y sus mapas y se van cargados de bolsas de flamencas, toros o quijotes  y bolsas de Zara o de El Corte Inglés, Y todo, porque esos, a los que tampoco entendemos pero nos esforzamos en hablarles en nuestro inglés de pésimo acento, se dejan aquí su dinero y nos queda la esperanza de que algo de ese dinero acaba por llegarnos.
Hace bien la condesa, porque sabe que, en el fondo, todos, cuando dejamos atrás la puerta de nuestra casa, miramos el mundo, incluso nuestro barrio, como si fuéramos turistas. Y ya sabemos lo que se puede esperar de los turistas. Lo mismo que de esos centenares de ellos atrapados en el aeropuerto de Katmandú que, después de dejar atrás una ciudad convertida en escombros bajo los cuales yacen los cadáveres de centenares o miles de víctimas, parecen preocupados sólo por la incomodidad que les separa del vuelo que les devolverá a casa, quizá yo reaccionaría igual, como si de Esperanzas Aguirre, huyendo de Bombay se tratase
Al menos eso es lo que nos llega desde un país tan remoto que maneja ya la cifra de diez mil muertos y que se ha visto privado de las pobres infraestructuras de que disponía, puestas más al servicio de sus visitantes que al de su población. Y entiendo que sea sólo eso lo que nos llega, porque en tiempos de información global e instantánea son los turistas los testigos que  cuentan lo que está pasando y lo cuentan, claro, desde su punto de vista de turistas.
Poco más hemos visto desde que se tuvo noticia del trágico terremoto, poco más que esos videos de smartphone enviados desde los campamentos base del Himalaya al pie de las avalanchas que se han llevado por delante la vida de gente que, si estaba allí, en una zona tan inaccesible y tan inhóspita es porque, al fin y al cabo, habían elegido estar allí, y para los que su familia, confieso que sentí rubor al oírlo, reclamaba al gobierno el envío urgente de teléfonos vía satélite y equipos para el rescate.
O todos los comentarios escuchados a lo largo del fin de semana sobre el patrimonio mundial que se ha perdido  con el terremoto, sin pensar que, probablemente, esa torre y esos palacios han caído sobre los cuerpos de tantos y tantos nepalíes, sin pararse a pensar que quienes lo dicen pierden, en efecto, un bonito fondo para sus selfies, pero los nepalíes lo han perdido todo.
El terremoto del sábado ha puesto a prueba, una vez más, el modo en que hacemos y recibimos la información. Lo ha puesto a prueba y, una vez más, lo ha puesto en evidencia, porque preferimos la inmediatez al reposo, las imágenes "impactantes" al análisis de las causas o, en este caso, las consecuencias y, sobre todo, ha dejado cloro que, quizá porque ya estamos demasiado contaminados por esa forma de hacer información, apenas somos capaces de ver el mundo más allá de nuestro ombligo. La repentización, los espontáneos y los testigos presenciales nos han convertido en seres miserablemente ombligocéntricos.


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