Ola k ase -o la felicidad en la inopia-, por Gabriel Merino

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Desde hace unos años, por estas fechas de febrero/marzo compongo un librillo con un número variable de haikus coincidiendo con la inminencia de mi cumpleaños, uno al día hasta alcanzar el número de años que cumpliré. Y este año son cuarenta y nueve. Hoy mismo escribí: “Cuarenta y nueve,/ la edad de la razón…/ pero por siete”. Y es que si algo tiene de bueno madurar sobre la potencia, la desvergüenza, el ímpetu, la alegría y la insolencia juvenil es que cualquier humano deberiamos haber aprendido algo mínimamente: para eso crecemos, para eso envejecemos.

Al hilo de estar escribiendo ese haiku, leía casi al tiempo que el jefe de la oposición propone que a partir de ahora los partidos no puedan recibir donaciones –y yo me preguntaba de forma inmediata: “¿Pero en A o en B?”- mientras que la publicación de las declaraciones de la renta del presidente del gobierno, que tanta luz y taquígrafos parecía que iba a lanzar sobre su honradez, no han hecho más que sembrar de dudas y nubarrones las conciencias de los paganinis que, como yo, aunque no tengamos ni puta idea de hacer la declaración de la renta, buscamos cada año un experto que nos la haga para que no nos pillen en un renuncio de veinte euros arriba o abajo. Pues parece que nuestro registrador de la propiedad no.

Vivimos en una época feliz del “no sabe no contesta”, el paraíso del “ola K ase”: nuestros Urdangarín, ZP, Montoro, Botella, Rajoy, Báñez o la directora de la agencia tributaria no sólo son felices chapoteando en su supuesto “yo no sabía nada” sino que pretenden que todas las personas humanas que les rodeamos también seamos felices y sigamos confiados en el orwelliano “la ignorancia es la fuerza” o, para los que no hayan leido 1984, en el socratense “ἓν οἶδα ὅτι οὐδὲν οἶδα”, para el vulgo que hizo la EGB, eso de “sólo sé que no sé nada”.

Había un tiempo –yo aún pienso así, aunque creo que ya sólo vale para ir al concurso de Jordi Hurtado o al Pasapalabra- en que lo deseable parecía ser que una persona aprendiera o supiera un poco de todo, incluso cosas tan tontas como la lista de los reyes godos o los afluentes del Guadiana por la derecha. Lo llamaban cultura general y ahora lo han suplido por una supuesta especialización cerebral que hace que tengamos el mundo lleno de licenciados en informática disléxicos o por licenciados en humanidades que no saben lo que es una potencia o una raiz cuadrada: esto por hablar de los que “han estudiado”. Son las dotes especialistas que Wert espera de la próxima generación para que tengan eso que él llama “empleabilidad”. Lo de ser “hombres – o mujeres- renacentistas” parece que está definitivamente pasado de moda.

Pero no me refiero sólo a los estudios, a la cultura o los conocimientos. También ocurre con la capacidad de crítica, de observación o de discernimiento empírico de las cosas que ocurren. La vida se ha convertido en un capítulo de culebrón o en un videojuego sin más salidas u opciones que las que figuran en el manual de instrucciones que le entregan a cada uno, ya sea del tipo “La Gaceta” o del tipo “Público”. Las cosas parece que nos pasan inexorables.

Muy muy jovencito advertí, cuando empezaba a viajar que las sociedades supuestamente ricas o poderosas –me ocurrió la primera vez que fui a Estados Unidos- son mayoritariamente felices en la ignorancia de las circunstancias ajenas, porque entienden que todos los demás están por debajo de ellos: no necesitan saber si España está en el cono sur de América o en Europa porque, a menos que vayan a viajar en plan turístico a poner el culo al sol o a ver si se compran la Alhambra, maldita la necesidad que tienen de saberlo. Es la ignorancia o la inopia del acomodado. Por el contrario, la primera vez que fui a Egipto, me sorprendió que en pueblecitos de orillas del Nilo no sólo hubiera niños que hablaban castellano, sino que sabían que en Madrid no sólo jugaba el Real Madrid sino que estaba el Museo del Prado, algo que incluso dudo que hoy sepa Fátima Báñez. Para relacionarse con los turistas necesitaban darles referencias conocidas que empatizaran mínimamente con ellos, para que les cayeran unas piastras.

También me ocurrió con dos estudiantes de intercambio que recibimos en casa en los años 80: mientras Eric, de Massachussets, pensaba que cuando llegara a España iba a tener que ir sorteando toros por las calles, Vladislav, de Moscú, conocía mejor la oferta cultural de mi ciudad que nosotros mismos. Una cuestión de observación ajena y aprendizaje por necesidad. Sin embargo, a medida que hemos ido entrando –o nos hacían creer que entrábamos- en una supuesta edad de la opulencia, se ha ido adoctrinando a las nuevas generaciones en lo bueno que es vivir en la sociedad del “ola k ase”.

Aunque resulta que, tal como están las cosas, hay ahora quien se va dando cuenta –no sé si a tiempo, porque algunos todavía suponen que se les resolverá la vida yendo a concursar a “Gran Hermano 14”– de que eso de que “la ignorancia es la fuerza” era mentira.

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