Nuestro silencio ha sido su fuerza, por Javier Astasio

 
 
Vivimos tiempos desasosegantes en los que, a menudo, uno tiene la sensación de que nunca le dicen ni le dirán toda la verdad. Como para muchos hijos de mi tiempo, para mí Europa fue un sueño en la distancia que, una vez alcanzado, garantizaría la democracia, el bienestar y, por qué no, también la riqueza para España. Y, de hecho, al principio fue así. Recuerdo, por ejemplo, haber dado a posteriori la razón a Felipe González, que nos vendió la entrada en la OTAN como un mal menor y necesario para alcanzar el sueño de formar parte de Europa.   
Quién me iba a decir que el verdadero mal estaba en la misma Europa, en esto que ha acabado por ser Europa que tan lejos queda ya de aquella Europa soñada. Recuerdo con qué sentimiento de orgullo, de pertenecer a un club de prestigio llevé en mi cartera aquellos primeros euros. Y qué decir de aquel primer pasaporte de ciudadano de la Unión Europea que permitía aterrizar con privilegios en casi  cualquier rincón de Europa, qué sensación la de no tener que dar explicaciones por tu viaje ni tener que mostrar tu dinero para que te dejasen pasar.
Un espejismo. Aquellos sueños son ahora un espejismo, porque en Europa, como en todo selecto club que se precie, hay una élite que dicta las normas y pone las condiciones para ingresar o seguir perteneciendo a él. Aquellos primeros tiempos, en los que ser carne de mercado y mano de obra barata se compensaba con la llegada de infraestructuras y fábricas, están ya muy lejanos, porque, como los carteristas en el metro, otros políticos que ya no han sido González y Kohl han repartido nuestro futuro en negociaciones que ya no tienen nada que ver con la transparencia ni la lealtad de entonces, y nos han hecho poner la atención en otra cosa, mientras que con sigilo nos levantaban la cartera.
Del sueño que un día fue Europa, apenas queda nada. Esta Europa que añoro sin haber llegado a disfrutarla del todo ha sido tomada al asalto por el capitalismo más cruel y salvaje ese que no quiere fábricas ni edificios, el que compra empresas y países para vaciarlos de cualquier riqueza y, como el letal parásito que es, una vez agotada la vida en ellos, salta con toda la vida y la energía robadas al cuerpo de una nueva víctima.
Es una nueva forma de colonialismo sin bandera ni metrópoli que, como el místico asesino que fue el rey Leopoldo de Bélgica, buscan sus congos en los países que pierden el paso en la dura marcha que impone Alemania en Europa. Lo viene a decir el sociólogo portugués Boaventura de Sousa en una interesante entrevista que hoy publica Público.es. Conviene reflexionar sobre lo que dice. Aún queda tiempo para poner fin a esta pesadilla. Aún tenemos la fuerza de nuestro voto y tenemos que aprender a usarlo. Dentro de poco habrá elecciones al Parlamento Europeo y Esperanza Aguirre, adalid de este maldito neoliberalismo ya nos dejó claro que querría verlo desaparecer. Tenemos que hacer justo lo contrario de lo que la condesa predica. Quienes creemos en un mundo más justo y solidario tenemos que ser fuertes en Europa. Y nuestra abstención, nuestro silencio, han sido hasta ahora su fuerza.
 
 
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