Novecento, por Gabriel Merino

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El otro día, oyendo hablar a Gordillo, el alcalde de Marinaleda y al secretario general de su sindicato en la tele, reconozco que me sonreí oyéndoles hablar con naturalidad de jornales, campesinado, burgueses, proletarios y terratenientes. A pesar de ser consciente de que pertenecen a un sindicato del campo, me removí en mi sofá urbanita y llegué a pensar: “¡Qué antiguos!, ¡estos se han quedado en Novecento!. Incluso mi sonrisa fue a más cuando uno de ellos, en un lapsus linguae, afirmó que no entendía cómo se podía vivir la situación en la que estamos “en pleno siglo veinte”.

 

¡Hombre!, que estamos en la era del iPod, el iPad, el 4X4 roadster. ¡Lo de Dickens y el novecento de Bertolucci se quedó atrás!, o… ¿no?. Aunque viendo cómo algunos votantes del partido en el gobierno –si fueron diez millones, uno de cada cinco españoles, en el mejor de los casos, si es que todos los que le votaron aprueban que hayan ocultado, mentido sistemáticamente, recortado a costa de quienes no debían e incumplido su programa- denostan a los sindicatos y a quienes se movilizan contra lo injusto, bien parece que en lo laboral la jornada de cuarenta horas, los convenios, la equiparación al trabajo de la mujer, las horas extras, las vacaciones pagadas, los descansos y bajas retibuidas, las jubilaciones o las indemnizaciones por despido la hubieran regalado de buen grado las empresas y empresarios motu proprio desde los tiempos de la revolución industrial. O… los gobiernos.

 

Ignorar a Rosa Parks, a Mandela, a Stonewall, a Gandhi, a las sufragistas o a los trabajadores de los astilleros de Gdansk seguramente es seguirle el juego a este  Wert y a la ministra de empleo Báñez, que prefieren anular el estudio de la historia del último siglo para suplirlo con jaculatorias a la virgen, o es hacer las matemáticas de la delegada del gobierno en Madrid que ve millón y medio de fieles en Colón cuando está Benedicto pero sólo treinta y cinco mil perroflautas cuando se trata de acusar al gobierno de que incumple, miente y está vendido a alguien que ni siquiera son sus propios votantes. Tan mal hacen las matemáticas que para 6.500 manifestantes del 25-S mandaron 2.500 policías y para 7.500 fiesteros –que luego resulta que fueron 23.000, pero es que había mentido una empresa privada, no pública- en el Madrid Arena había 39 efectivos.

 

La ventaja respecto a la época de Novecento es que no se puede mentir a todos al mismo tiempo e indefinidamente. Sus cifras y sus contradicciones cantan en una era de hemerotecas y declaraciones grabadas. Sus mentiras sobre el seguimiento flotan como mierdas en agua cuando se ven las fotos casi al momento en internet. Cuando alguien puede grabar agresiones con un móvil se ve toda la insurrección que cometía un niño de diez años en Tarragona contra unas fuerzas del orden armadas hasta los dientes con la orden de asustar, dispersar y disuadir de la protesta.  Y le partieron la cara. Cuando uno cuenta los tiempos ve que “sus periodistas” en “sus teles” tenían ya preparadas las crónicas del fracaso de la huelga veinticuatro horas antes del comienzo del paro. Cuando cientos de internautas de todas partes mandan simultáneamente las fotos de las farolas de sus municipios encendidas a mediodía para justificar un consumo de luz que supone que las protestas no están siendo secundadas, la manipulación burda canta.

 

Pero todavía hay aún muchos que con si iPad, su wifi, su cochecito, su contratito y su hipoteca aun sin desahuciar se creen que viven al margen, en un mundo en que todo se lo tienen ganado y merecido. Y a esos – además de a los cuarenta millones que no votaron esta opción y al resto de millones que habiéndoles votado saben que no les votaron para esto- hay que recordarles que protestar no sólo se queda en 1900. Cuando lo injusto pervive, con más razón, hay que denunciarlo.

 

Y pelear. Nadie va conseguir las cosas por ti, aunque esto no sea una peli de Bertolucci.

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