Noruega, Sudáfrica, Palestina, por @CarlosPenedoC

Columna de opinión publicada en Estrella Digital.
El vicepresidente de EEUU, acompañado de su mujer y tres nietos, acaba de visitar Israel y ha podido comprobar la situación de violencia que se vive en la zona, oculta durante los últimos tiempos por conflictos vecinos (Siria, Irak, Estado Islámico) que tienen además consecuencias directas sobre Europa (refugiados). El interés informativo es proporcional a la cercanía, tamaño de los problemas y su recorrido geográfico.
Joe Biden ha coincido en el tiempo y el espacio con un turista muerto, 15 personas heridas, así como siete atacantes palestinos abatidos por las fuerzas de la seguridad israelíes.
Cualquier tipo de avance en el conflicto palestino parece una posibilidad remota. Más interés y actualidad tiene la negociación ya en marcha sobre la renovación de la ayuda militar directa (otra es indirecta) de EEUU a Israel durante la próxima década, que parte de los actuales 3.000 millones de dólares anuales que Tel Aviv quiere incrementar en un 50%.
Por parte norteamericana, Cuba -incluido Guantánamo- e Irán son dos carpetas de mayor interés en esta recta final del mandato de Obama. Por su parte Israel es miembro de pleno derecho de la política interior de EEUU y trata de influir en el proceso electoral norteamericano, favorable en cualquier caso; estrechar relaciones con vecinos árabes no palestinos, que las tiene y bien estrechas; y acercarse también a los países de Europa oriental que imitan hoy sus políticas.
Nunca como ahora Israel ha tenido tan buenas relaciones con sus vecinos. En cuanto al grupo llamado Estado Islámico, no enciende alarmas salvo que tuviera fuerza y empuje para ocupar o desestabilizar Jordania. Los 10.545 bombardeos aéreos sobre Dáesh que acumula una variopinta coalición de países tienen ese frente cubierto.
Sin embargo, la situación interna está lejos de ser tranquila: desde el pasado mes de octubre se han producido 227 víctimas mortales, de ellos 193 palestinos, 30 israelíes y cuatro extranjeros (dos turistas y otros dos inmigrantes africanos).
No se percibe ningún tipo de organización ni coordinación en los ataques palestinos, que suman un centenar de apuñalamientos (armas blancas), una treintena de atropellos y decena y media de ataques con armas de fuego, con poca efectividad a juzgar por la identidad de las víctimas.
En la historia reciente de los levantamientos palestinos contra la ocupación israelí aparece la primera intifada, entre 1987 y 1993, la que incorpora el término al lenguaje político universal, llamada también revuelta de las piedras. La última fecha corresponde a  los acuerdos de paz de Oslo, por los que se concedió el Nobel de la Paz a Isaac Rabin y Yaser Arafat, asesinado el primero por un extremista judío y el segundo probablemente también.
La segunda intifada (2000-2005) también tiene nombre, intifada de Al Aqsa, en referencia a la explanada de las mezquitas de Jerusalén donde Ariel Sharon encendió la mecha y prendió el ambiente cuando el autogobierno palestino surgido de Oslo ya se veía casi imposible.
El actual tercer levantamiento popular palestino no parece preocupar a nadie y la prueba es que no tiene ni nombre, no ha sido bautizado ni se le aplica un color revolucionario ni una flor local ni una estación del año.
Algo que comparten las tres intifadas es su carácter de insurrección popular que desborda la previsión y control por parte de la dirección política.
Un político israelí de prestigio internacional reconocía hace unas semanas en Madrid, sin mencionar la palabra apartheid, que Israel-Palestina vive una situación político-social sudafricana, con las connotaciones de discriminación, racismo, recorte de derechos y sometimiento de parte de la población, y sin embargo no apostaba por una solución sudafricana al conflicto, es decir, un único Estado democrático donde convivan en igualdad de derechos y bajo la misma bandera israelíes y palestinos.
Oslo ha muerto y nadie se muestra partidario de escenificar su funeral, porque no se ve alternativa y porque la generación política que lo gestionó -aún en parte en activo, aunque finalizando su vida laboral- no desea dar carpetazo a la que fue su gran obra.
Aquellos acuerdos son la base de la teórica autoridad palestina, que si olvidara la solución de dos Estados tendría que disolverse y renunciar a los tímidos avances diplomáticos conseguidos, como su reconocimiento como Estado observador en Naciones Unidas.
Confiar en una nueva catástrofe que desbloquee el conflicto o facilite avances, como ocurrió a finales de los 70 o tras la primera guerra del Golfo en 1991, no es más que una muestra de impotencia.
Gaza no es algo distinto a un bantustán, una reserva tribal étnicamente homogénea. La progresiva construcción de muros en Cisjordania busca también ese objetivo, imposible sin lo que se viene denominando limpieza étnica.
La frustración palestina continuará provocando víctimas e intifadas, aunque su nivel actual de muerto y medio diario es perfectamente asumible por Israel y la comunidad internacional. Los cientos de miles de palestinos refugiados en Siria y Líbano (medio millón en cada uno) que viven ahora un segundo conflicto sumado al propio no cuentan en esta ecuación.
Hace unos días el máximo responsable militar israelí, con la invasión de Líbano de 2006 en su currículum, abogó por el uso proporcionado de la fuerza en caso de un incidente violento, y puso el ejemplo -literal- de evitar la tentación de vaciar el cargador sobre una niña palestina de 13 años con unas tijeras en la mano. La extrema derecha política y social israelí (mayoría absoluta) se le echó encima. Así está el patio.
Las negociaciones de paz se suelen celebrar en lugares gélidos; y cuando se trasladan los acuerdos al territorio en cuestión se rompe la cadena del frío y el cocinado se estropea. Habría que probar con guisos locales. Por ejemplo, la pasta de garbanzos y aceite de sésamo llamada hummus es reconocida universalmente en este territorio.
Es necesario construir un Estado único a partir del hummus común, plato nacional de la nueva entidad política.

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