No tienen ni idea, por Javier Astasio

A una semana de las elecciones y después de otra de campaña, es poco lo que tengo claro. Quizá la única certeza que me queda es la de que los candidatos independentistas, uno en un exilio virtual y literario, cuatro en prisión y otros, junto a ellos, con la hipoteca de importantes peticiones de penas sobre sus espaldas, lo único que pretenden es la ruptura con el estado español, del que forma parte, aunque sea a su pesar, Cataluña, para, así, poder escapar de ese oscuro futuro judicial que les espera.
Ya digo que eso es de lo poco que he podido sacar en claro en los días que llevamos de campaña, porque, de lo otro, de lo que me preocuparía si viviese en Cataluña, el paro, la sanidad, la enseñanza, las infraestructuras, las pensiones o la dependencia, nada o apenas nada se está diciendo. Todo se reduce a hablar de rejas y grilletes, de cargas policiales o de ese "millar de heridos" imposible de constatar que el primero de octubre dejó la Guardia civil delante las urnas de un referéndum que, por su ilegalidad y sin garantías, nunca debió celebrarse.
De eso se habla y de un número, el 155, causante, al parecer, de todos los males que aquejan hoy a los catalanes. No se habla de la inseguridad jurídica en que quedarían los casi tres millares de empresas que han salido de Cataluña, asustadas ante la posibilidad de quedar fuera del mercado único y de la seguridad, relativa, pero palpable, que les proporciona la pertenencia de España a la Unión Europea, con su sistema bancario como paraguas protector.
Tampoco se habla de los servicios públicos ni de la corrupción que provoca que, a uno y otro lado del Ebro, un saco de cemento para una obra pública, un pupitre para que estudien nuestros hijos y nietos, una cama de hospital o un kilómetro de ferrocarril o carretera cuesten, como mínimo, un tres por ciento más de lo que deberían costar. De eso no, no vaya a ser que los electores descubran que no son tantas las diferencias entre unos y otros.
Me queda el consuelo de pensar que la realidad no es tan decepcionante como la percibo, que lo que ocurre es que sólo nos llega una parte del debate y no la más interesante sino la que a la prensa y sus gestores les parece más vistosa, esa que convierte cualquier debate entre candidatos en un programa de cotilleo de Tele 5, con sus insultos y todo.
De no ser así, los electores seríamos más críticos y menos pasivos. De no ser así, quienes son capaces de aprender, entender, criticar y proponer alternativas al sistema de juego de un equipo de fútbol, se interesarían con igual entusiasmo por los programas electorales de los partidos, estarían vigilantes ante sus políticas y seguirían con criterio los debates en el parlamento.
Pero no. A ningún gobernante o a quien aspire a serlo le interesa sentir en su nuca el aliento de sus votantes, a ninguno le gustaría que leyeran por encima de su hombro sus papeles, sus notas, sus agendas - ahí está la de Juvé, número dos de Junqueras- porque quizá cayeran en la cuenta de que lo suyo, lo de los políticos, tiene poco que ver con sus problemas. Y es que, a ellos, a los políticos, se les llena la boca de ideas abstractas, de conceptos etéreos, difíciles de traducir en todo eso que necesita el ciudadano, trenes, escuelas, carreteras, hospitales o residencias de ancianos. Se les llena la boca de eso, porque, de lo otro, como reconoció ayer el diputado de ERC, Joan Tardá, el mismo que se sienta al lado del alegre y combativo Gabriel Rufián, no tienen ni idea.
Saben que, para su gente, los demás les dan igual, lo importante es proclamar la república catalana y cómo conseguirlo. Lo que no saben es qué hacer después, cómo implementar. De eso, insisto, no tienen ni idea.

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