NO SIN SU DEDO, por Javier Astasio

Como vaca sin cencerro. Así vi ayer al presidente gallego y, hasta hace unas horas, gran esperanza blanca del PP. Como vaca sin cencerro es como veo a partir de ahora al partido que durante casi siete años ha regido despóticamente el destino de este país. Como una vaca perdida en medio de la niebla, en el monte, vagando sin rumbo y sin dejar pista alguna de dónde está ni hacia dónde se dirige.
El anuncio de Núñez Feijoó me pillo por casualidad ante el televisor y, siento decirlo, su discurso tópicamente gallego, su afirmación negativa, sus rodeos y el doble lenguaje que impregnaba sus palabras, incluido ese "ya lo he dicho" no rimaban, en absoluto, con sus gestos, porque nadie llora por no hacer lo que le pide el cuerpo y, a él, el cuerpo viene pidiéndole desde hace años dar el salto a la política nacional, instalarse en la calle Génova para, desde allí, dar el salto a La Moncloa. Llora, lo sé de sobras, quien, de repente, se ve obligado a renunciar a un sueño y Núñez Feijoó renunció ayer al suyo.
Nadie podía sospechar, ni siquiera, quizá, el propio Pedro Sánchez, que el bastión del poder popular, resquebrajado ya por el desgaste electoral a causa de la corrupción, exhibida en toda su crudeza, como una herida infectada y abierta, cada día en cada telediario, se iba a deshacer de la noche a la mañana como un azucarillo en el agua. Nadie podía prever, tampoco, la escandalosa huida de Rajoy del poder, de la que la larga sobremesa en ese ya famoso restaurante no fue más que un anticipo, una huida que no es más que la lógica consecuencia de lo poco acostumbrado que estaba Rajoy a no tener en sus manos el poder, del gobierno o del partido en sus manos.
Aunque se haga ver lo contrario, nadie quiere estar con los perdedores y Rajoy acababa de perderlo todo, las joyas de la familia incluidas, en la partida definitiva sobre el tablero del Congreso. Nadie quiere acompañar a los perdedores más allá de una ovación o unas lágrimas y Rajoy lo había perdido todo, también el partido, porque es difícil pensar que pudiese mantener el poder en un partido lleno de muertos vivientes, gente con despacho que huele a naftalina, que hace ya años que dejó de vivir su momento y de tener el favor de las urnas.
Rajoy se fue en una tarde y, al contrario que Fraga o Aznar, no dejó nombrado heredero, dejando para el futuro un damero maldito imposible de resolver, un damero en el que todas las casillas están aún por rellenar, casillas en las que se escribe con tinta de ambición, cuando no con tinta de odio o sed de venganza. Rajoy se fue sin señalar con el dedo a su sucesor y sin dar tiempo a consolidar el consenso que hiciese posible presentar un único candidato que facilitase otra proclamación por aclamación en el próximo congreso del partido, como había ocurrido hasta ahora, así que la carrera que se espera ahora es una de esas carreras llamadas de demolición, en las que todo está permitido, incluidas, sobre todo, las zancadillas y los empujones al contrario.
Seguro que Feijoó ha repasado estos días, mentalmente, una y otra vez, lo que podía haber sido y lo que sería su carrera hasta el despacho de Génova 13 y posteriormente a la Moncloa. Habrá repasado lo que podía haber sido u viaje entre algodones. con todo el aparato del partido a su favor, acudiendo sólo a las plazas más amables, con la lucha a brazo partido con candidatos que conocen mejor que él el partido y el resto del país.
Quizá por eso, ha renunciado al que había sido el sueño de su vida, ese salto a la política nacional, un salto que iba a dar apoyado por su amigo Mariano, para caer en los brazos abiertos del partido. Quizá porque, sin ese dedo, el camino estaría lleno de espinos. Por eso, Núñez Feijoó ha preferido quedarse de cabeza de ratón en Galicia, antes que cola de león entre otros leones en Madrid. Seguro que Feijóo habrá tenido tiempo estos días para recordar esta frase, atribuida a Francisco de Borja, que tan bien se ajusta a su desolación: "no he de servir a señor que se me pueda morir"
Quizá por eso mientras su boca decía no a la candidatura, sus sollozos contenidos, su rostro a veces desencajado, gritaban que sí, que hubiese querido ser el sucesor de Rajoy, aunque, claro, no sin su dedo.

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