No lo querrían para ellas, por Javier Astasio


Quienes seguís la Cadena SER y quienes os asomáis a mi muro en Facebook habréis escuchado ye el espeluznante testimonio de una joven mexicana que esconde su identidad bajo el falso nombre de Paloma y que acaba de conseguir asilo político en España, después de años de violaciones, secuestros, y explotación en calles y burdeles de México y España.
"Paloma" se dirige en él a los clientes de la prostitución y subraya eso que a menudo preferimos ignorar hipócritamente, que si hay prostitución, si hay redes que explotan a las mujeres aquí y allá es porque ellos consumen lo que esas redes ofrecen y que no es otra cosa que sexo arrancado del cuerpo y del alma de esas mujeres mediante violencia, amenazas, chantajes, drogas y dolor, mucho dolor. La ecuación es tan sencilla como esa se consume lo que se ofrece, pero sólo se ofrece aquello que se consume.
No sé qué habrá pensado el que ayer anduviese "de putas" y hoy se haya levantado escuchando el testimonio de "Paloma". No puedo imaginar qué habrá podido sentir, si arrepentimiento, si vergüenza, si habrá caído en la cuenta de que esa simpatía y ese trato cariñoso que anoche le dieron a cambio de su dinero eran fingidos y forzados por las circunstancias, si, como le pide "Paloma" habrá pensado en que todas esas prostitutas son madres, hijas y hermanas, como su madre, sus hijas o sus hermanas si las tuviese.
Creo, y lo creo porque se lo he oído decir a gente que se tiene por progresista y presume de ello, que sobre este asunto existe una cierta hipocresía social. Creo que se difunde, para consuelo de quienes quieran creer en ella, una falsa e idealizada imagen de la prostitución. Una fotografía en la que la prostitución aparece como un oficio más, cuando todos sabemos que no es así, que la mayoría de las mujeres que lo practican se ven obligadas a ejercerlo presionadas por la violencia de una mafia o un chulo, por la dependencia de las drogas, por las deudas, porque no encuentran otro trabajo y tienen una familia que sacar adelante o porque creen que sólo es una etapa de su vida de la que se sale cuando se quiere, por ejemplo, cuando se ha pagado el piso o la carrera.
Pero no es así. Por suerte o por desgracia he trabajado muchos años en el edificio que, hasta que cae la noche, escondía en Madrid la prostitución en su escalón más bajo, superado sólo quizás por la que se ejerce en descampado, y ha visto durante todos esos años cómo las mujeres que ocupaban las esquinas eran unas veces madres de familia necesitadas, otras mujeres ya mayores que no encontraron la puerta de salida, heroinómanas, africanas, distintas mujeres, detrás de las cuales había unas veces mafias y otras no, pero nunca esa libertad idílica de la que algunos nos hablan.
Sé que con esto que digo corro el peligro de quedar como moralista, que habrá quien me acuse de tratar de velar por quien ni me lo ha pedido ni quiere que nadie vele por él o, en este caso, ellas. Lo tengo claro, pero no puedo expresarme de otra manera. No entiendo a quien no quiere que la prostitución se prohíba y, sin embargo, rechaza su regulación. Yo mismo, que nunca he hecho uso de ella, estaría a favor de su regulación como mal menor. No entiendo, alguna vez lo he dicho, que se exija un carné de manipulador de alimentos para quien sirve una caña o una tapa, mientras nadie se ocupa de supervisar en qué condiciones higiénicas se practica la prostitución,
Soy mal pensado y creo que quienes no quieren ni prohibición ni legalización mantiene esa postura porque, en ese limbo legal, es más fácil conseguir sexo, por duro y bizarro que sea, porque saben que a una mujer libre le sería más fácil negarse a algunas prácticas peligrosas o humillantes. Vivimos en un país que todavía es de misa dominical, en el que muchos negocios se cierran todavía en una barra americana o en un prostíbulo, un país en el que manadas de jóvenes se van de putas como quien se va de copas, un país, en fin, en el que gente sucia y malencarado porque tienen fuerza o dinero obligan a la prostitutas a darles satisfacción.
Y todo eso no ocurriría si no estuviese detrás la coacción, cualquiera que esta sea. Por eso no creo que sea descabellado atender a la petición de "Paloma" y pararse a pensar en que esas mujeres de las que se obtiene sexo a cambio de dinero y que pueden estar siendo explotadas por mafias son madres como las madres de esos "clientes", son niñas como las hijas del que se acuesta con ellas y tienen hermanos, como las hermanas de quienes engordan el negocio de sus explotadores. Estoy seguro de que si todos esos hombres que recurren a ellas para el sexo se marcharían avergonzados y entristecidos si encontrasen cualquiera de los rostros de esas madres, hijas o hermanas queridas en el burdel. Tengo claro que esa forma de esclavitud no la querrían para ellas.


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