No habrá Paz para la Padilla, por @tv_acida

 
En 1994 tomó cual huracán la cadena Antena 3 un espacio de chistes que nos vendría a presentar a uno de esos seres inclasificables que despuntan y, desde su naturalidad marciana, se convierten en algo tan grande que llegan a marcar la cultura popular de un país. Me estoy refiriendo a Chiquito de la Calzada, antiguo cantaor y extraordinaria rara avis de aquel espacio titulado Genio Y Figura. En dicho espectáculo televisivo, centrado en contar chistes a diestro y siniestro, también trabajaba, entre otros, María de la Paz Padilla Díaz, es decir, Paz Padilla. Con el tiempo, y rebuscando en el recuerdo de aquel espacio, la gente suele echar pestes de la loca risa dentada de Juan Trujillo, de las salidas desinfladas de Manolo Mármol –ese impersonator de Pepe Begines, pero sin la gracia innata del cantante de No Me Pises Que Llevo Chanclas– o de las vocecitas que ponía Felipe Segundo para emular a niños repipis mientras lucía atuendo que parecía salido de una fiesta química entre Paco Pil, Agatha Ruíz de la Prada y Chimo Bayo. Pero, ¿qué hay de la Padilla? ¿Qué ha sido de aquella contadora de chistes sin chiste, sin salero y con menos gracia que las páginas del BOE?

 
 

Mientras los Trujillos, Segundos y Mármoles de este mundo han quedado relegados a ese lugar que se merecían, el de humoristas con poco fuelle, a Paz se le ha dado oportunidad tras oportunidad, se le han abierto una y otra vez las puertas para que presentase programas, protagonizase series y hasta apareciese en películas. Incluso ha llevado varios de sus espectáculos a los teatros nacionales. Tras ver el otro día en Expedición Imposible a Raquel Mosquera con sus sprints a lo Carl Lewis y subiéndose por las dunas del desierto marroquí como si fuese una jabata, la verdad, ya me creo cualquier cosa; ahora bien, lo de Paz Padilla es digno de estudio en las escuelas de criminología o en las facultades de psicología más evolucionadas. ¿Cómo puede errar tanto? ¿Cómo logra trabarse y equivocarse una vez sí y otra también? ¿Cómo consigue dar tamañas patadas al diccionario? ¿Cómo alcanza ese grado supino de mala leche y de meter el dedo en la llaga ajena cuando en ningún momento soporta la menor crítica hacia su persona? ¿Cómo sigue en la televisión? ¿Cómo se puede tener tan poca gracia asegurando haber ejercido la profesión de humorista durante tantos años? Bueno, esto último tiene fácil explicación, pues en nuestro país en nombre del humor se han librado las mayores y más brillantes gestas... pero también las batallas más desvergonzadas. La profesionalidad brilla por su ausencia en la persona de la dama Padilla, pero ella sigue ahí, creyéndose la reina del mambo catódico. De temblores, oiga.

 

por Sergio Guillén

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