No está, ni se le espera, por Javier Astasio

 
 

Mal están las cosas cuando un país como el nuestro comienza a preguntarse si su presidente, cazado in fraganti en un renuncio, acabará dando explicaciones por ello. A uno le queda el consuelo de saber que ni siquiera el todopoderosos Berlusconi acaba escapando a la Justicia, pero, mientras eso llega, la arcada crece sin límite.

Hemos contribuido a que, en política, ocurra lo mismo que en el comercio. Hace unos años, en cada calle, en cada barrio, había tiendas de ultramarinos, lecherías, droguerías, fruterías, ferreterías... pequeños comercios, en fin, cercanos, próximos, en los que detrás del mostrador había un vecino, un asesor, un confidente y a veces, incluso, un fiador para cuando las cuestas de fin de mes se hacían enormes. Quisimos ser modernos, europeos, y comenzamos a hacer la compra en coche. Salíamos del barrio, y a veces de la ciudad, para hacer la compra. A ser posible por la tarde y en fin de semana. Nos aficionamos a los carritos y a las colas en las cajas, a los parkings y al olor a hamburguesa o gofre de los centros comerciales y, ahora, que no tenemos ni para la gasolina del desplazamiento, en los barrios no quedan tenderos y apenas solo quedan chinos cansados y aburridos que, salvo excepciones, apenas saludan y cobran a sus clientes. Nos hemos quedado sin el tendero que nos fíe la botella de leche o el pan, cuando regresamos a casa con prisa y sin "cuartos" en el bolsillo. No es lo mejor, pero es lo que hemos querido.

Para nuestra desgracia, en política lo hemos hecho igual de mal. Hemos despreciado a los políticos "minoristas", los que podíamos reconocer por el barrio, los que no tenían presupuesto para alquilar polideportivos o plazas de toros. Nos dejamos "embaucar" por las banderolas y valla de a tanto la pieza, que, como los indicadores que nos guían a los centros comerciales o los sutiles anuncios de los coches, diseñados todos por carísimos "profesionales" acaban pareciéndose unos a otros y dejándonos con la duda de quién dice qué. Nos dejamos llevar por el marketing y nos hemos olvidado de quienes pegan carteles por las calles, se ocupan de los vecinos y siguen viviendo en el barrio. Por eso, ahora que las cosas vienen mal dadas y creemos que tenemos algo que reprochar a quienes nos gobiernan o nos han gobernado, la tienda del barrio está cerrada y sólo nos queda elegir entre Carrefour o Alcampo, donde nadie va atender nuestros encargos o quejas.

En ese oligopolio de la política que hemos ayudado a construir, ministros y diputados han aprendido que no dar explicaciones sale gratis. Por eso, difícilmente Rajoy nos va a contar cuánto y cómo cobró a escondidas. Por eso nunca nos aclarará que toda la sobriedad que de él predican, nunca podremos escupirle en la cara ese "no se puede gastar lo que no se tiene" que tan machaconamente ha repetido a los que no cobran en sobres o cajas de puros.

Lo tienen todo medido y calculado. Si aguantan "el tirón" de estos últimos días de julio, no tendrán que dar explicaciones hasta septiembre y, para entonces, todo se habrá enfriado o, con un poco de suerte habrá "algo importante" de lo que hablar, para no hablar de "lo malo". De momento, Rajoy no está ni se le espera. Para qué, si pase lo que pase, para cuando haya de nuevo elecciones, la gente sigue comprando en Carrefour o Alcampo, el negocio seguirá a salvo.
 
 
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