No es inevitable, por Javier Astasio



De un tiempo a esta parte, la prensa, la radio, los medios en general, acostumbran despertarnos con las noticias, casi siempre malas, que llegan de los mercados y que afectan inexorablemente, como una maldición bíblica, a nuestro rebajo, nuestros ahorros, por resumir, a nuestro futuro. Es una especia de parte meteorológico instalado en una eterna borrasca, contra la que no queda otra salida que la de la resignación y la esperanza de que, pese a la experiencia de cada día, la cosa no vaya a peor.

Pero la cosa no es así o, al menos, no debiera ser así. No puede ser que siempre, siempre, llueva encima de los mismos. No puede ser que, como si estuviésemos atados de pies y manos, no nos quedase otra que aguantar el chaparrón, mientras se echa a perder lo que tenemos. No puede ser que lo que fue la Caja de Ahorros y Monte de Piedad, más tarde Caja Madrid, y ahora Bankia, una institución sólida, a la que muchos llevamos nuestros ahorros porque nos creímos aquello de la "obra social", se deshaga como un azucarillo en el agua y pretendan hacernos creer que es cosa del destino.

Lo que ha pasado tiene unas causas muy claras. Lo que ha pasado es la consecuencia de haber tomado muy malas, quién sabe si fraudulentas, decisiones. Ahora parece claro que nunca debió acometerse esa macrofusión de Caja Madrid y Bancaja, con la que salvaban el culo quienes nos llevaron al desastre inmobiliario en Madrid y Valencia. Parece claro, pero esa decisión parece no tener padres ni padrinos. Parece claro, pero esos padres, esos padrinos, se van a ir a casa, si es que se van -Rato ha dejado el timón de Bankia, pero sigue presidiendo, y cobrando por ello, lo que queda de Caja Madrid- "de rositas". Parece que nadie les va a exigir que paguen por ello y, eso, no puede ser. Si queremos que nadie más se juegue nuestros ahorros en ese gran casino en el que hemos convertido la Economía, hay que poner coto a tanta impunidad.

Hace ya un año lo dejaban claro en EL PAÍS dos profesoras de esta ciencia tan inexacta que nos ocupa, Lourdes Benería y Carmen Sarasúa. Lo hacían en un artículo de opinión que, a propósito de lo ocurrido en Islandia, parecía adelantarse a todo lo que nos ha llovido desde entonces, en el que apuntaban ideas tan de Perogrullo como ésta: "Si tuviéramos nociones claras de qué es un crimen económico y si existieran mecanismos para investigarlos y perseguirlos se hubieran podido evitar muchos de los actuales problemas. No es una utopía. Islandia ofrece un ejemplo muy interesante".

¿Qué es un crimen económico? Resumiendo y desde mi experiencia en los medios de comunicación, os diría que un crimen económico es el que se oculta contratando páginas enteras de publicidad en los periódicos o patrocinando los espacios de información económica en la radio: "a continuación la zorra patrocina las noticias del gallinero". Crimen económico es también aquel que se comete en presencia de políticos y sindicalistas que, cómodamente sentados en un consejo de administración, ven, oyen y callan lo que allí se cuece a cambio de un buen sueldo.

Juzgar a os responsables de tanta irresponsabilidad o tanta estafa debería ser posible. De hecho, en Islandia ha sido posible. Aquí, demasiados ciudadanos han perdido su vivienda, su trabajo, su salud, su futuro y el de sus hijos, a causa de todas esas frívolas decisiones, rayanas en el fraude y la estafa. Y no puede ser que a los responsables no les pase nada. Que respondan con cárcel o, cuando menos, con sus bienes, por el daño causado.

Tal y como escribían hace un año las profesoras Benería y Sarasúa, todos estos individuos serán mucho más prudentes si tienen claro que habrán de pagar las consecuencias de lo que decidan. De momento ya hay asociaciones de perjudicados que estudian emprender acciones legales contra los responsables de lo que estamos viviendo. No estaría de más que alguno cambiase el yate por la celda.


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