Niños, por Javier Astasio

Quienes hemos tenido la fortuna de ser padres sabemos de sobra que los hijos son la parte no más débil, pero sí la más sensible, de nuestro cuerpo. Sabemos que la paternidad y la maternidad nos vuelven más cobardes, o más prudentes, como prefiráis, entre otras cosas, porque nos cuesta creer que esos niños que a veces no entendemos o no nos entienden serían incapaces de arreglárselas solos, sin nosotros. Una idea un tanto soberbia por nuestra parte, los niños son capaces de soportar lo que ni siquiera imaginamos, pero nosotros no, nosotros podemos volvernos locos si los niños enferman o nos faltan, nos volvernos locos sólo por no saber de ellos. Por nuestros hijos, por nuestros niños, somos capaces de hacer o dejar de hacer cosas impensables.

Por eso Trump, ese animal vestido de traje que recibe a reyes y presidentes, tiranos o no, ese horrendo ser que se abraza a la bandera como un niño se abraza a las rodillas de su padre para no dejarle ir, se sirve del llanto de niños separados de sus padres en la frontera sur de los Estados Unidos para asustar a otros padres que probablemente están pensando en cruzarla para dar a sus hijos una vida mejor que la que tienen o, simplemente, para ponerles a salvo de la muerte que galopa a su antojo en su tierra.
Esas imágenes que han dado la vuelta al mundo y que, finalmente, han obligado al energúmeno de la Casa Blanca a volver sobre sus pasos no tienen un origen muy claro. Hay quien dice que se grabaron en tiempos de Obama, el Zapatero de turno al que cargar con la culpa de todo en los Estados Unidos de Trump, y quizá sea cierto, aunque lo que importa es saber quién y para qué las ha difundido, quién ha buscado con ellas llenar de congoja el pecho de los padres y madres a punto de adentrarse en el desierto o de echarse al agua para poner pie en los Estados Unidos.
Podría ser que hubiese sido la propia Casa Blanca o sus genios de la comunicación, buscando frenar con ellas las intenciones de quienes esperan al otro lado de la frontera, o podrían haber sido quienes velan por los derechos de los migrantes, para avergonzar a quienes se creen con derecho a todo sobre todos. Da igual quien haya sido. Lo que importa es que, viéndolas, hemos sentido algo indescriptible en el pecho, un nudo en la garganta que nos ha devuelto a esa noche en que, siendo niños, solos en la oscuridad creímos estar solos y perdidos y gritamos desconsolados llamando a nuestros padres.
Ya digo que no sé qué buscaba quien difundió las terribles, insoportables, imágenes, pero lo que sé de sobra es que, si lo que pretendían era atar con miedo a los posibles migrantes, el resultado ha sido el de mostrarnos el hielo que se esconde en el corazón, si es que lo tienen, de quienes dicen defender la ley y el bien común.
Pero no nos engañemos, no hay que irse a la frontera de Tejas para comprobarlo. Basta con acercarse a cualquiera de las playas o puertos a as que llegan pateras cargadas de niños con o sin sus padres y ver como, una vez atendidos por las ONG, el siguiente paso es la desconfianza y, si es posible, la repatriación sin garantías al país de origen, sea lo que sea lo que les espere allí. A veces, incluso, basta con asomarse al barrio, al colegio público de al lado, para comprobar el calor insoportable que los niños soportan en sus aulas, un calor que recuerdo sofocante y soporífero en las clases a primera hora de la tarde y que al portavoz del PP en la Asamblea de Madrid no le parece tan importante como para justificar la instalación de aire acondicionado en las aulas, porque dice "ocurre una vez cada veinte años".
Se nota que Enrique Osorio o no tiene hijos en edad escolar o, si los tiene, estudian en un buen colegio privado, fresquito y refrigerado, con sombras en los patios. Se nota que en su casa o en su despacho de la Asamblea de Madrid no falta el aire acondicionado, aunque puede ser que el calor le recuerde a su Badajoz natal y le guste. En cuanto a lo del calor cada veinte años, se ve que no se acuerda del patán Rafael Sánchez Matos, consejero de Sanidad de Madrid por entonces, para más señas, que recomendó el “dobla, dobla y dobla”, hasta hacer el abanico para combatir el calor en las aulas y, de paso, hacer terapia ocupacional. Ambos coincidieron en el gobierno madrileño y eso no fue hace veinte años.
En cualquier caso, parece mentira que ignoremos de esa manera el bienestar de los niños que no son nuestros, sin pensar que el futuro no es nuestro sino de ellos y que, de donde les pongamos y como les tratemos, dependerá lo que sean, para bien o para mal.

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