Naufragios, por Javier Astasio


Lo malo de naufragar es que quedas en manos de quien pueda y te quiera rescatar, lo malo de los naufragios, y más en política, es que ya no quedan islas desiertas a las que llegar ni viernes a los que salvar y civilizar, los malo de naufragar como lo está haciendo el PP es que es demasiado el lastre acumulado a lo largo de estos años y que, ahora, les arrastra hasta el fondo de la Historia. Lo malo de estar a bordo de este PP que se hunde es que en miedo del pánico y la desesperación tus amigos, los que comparten contigo el barco, se convierten en tus peores enemigos.
A estas horas, Rodrigo Rato sabe de sobra de qué hablo, porque a él le ha tocado ser el papel de chivo expiatorio, el cadáver con que entretener el hambre atrasada de los predadores justicieros que infestan las aguas revueltas de la prensa, antes servil y deseosa de sangre que ofrecer a los nuevos amos desde ahora. Rato es ese pasajero enfermo y no demasiado querido que se convierte en el primero que se echa por la borda, cuando el agua de la corrupción y los abusos inunda las bodegas del buque. Lo malo es que hay demasiadas fotos del sacrificado en compañía del capitán, demasiadas paseos por cubierta, demasiadas cenas compartidas y demasiados brindis bajo los flashes, cuando la travesía era tranquila y nadie podía imaginar un final tan trágico.
Ahora todas esas fotos, rotas y desordenadas, van aflorando junto a los despojos de la víctima, fotos que no sólo avergüenzan ahora a quienes aparecen en ella, sino que les ponen en peligro, porque les señalan como cómplices, cuando menos silentes, de todo aquello que acabó señalándole como la primera víctima, el primer señuelo, para tratar de poner a salvo al resto del pasaje.
Y es que por más que ahora pretendan hacernos creer que Rato se cayó por la borda de su ambición, lo cierto es que ha sido el primer lastre  abandonado a su suerte o, incluso, atado de pies y manos, cuando el exceso de botín, el resultado de tanta rapiña, acumulado a bordo, ha convertido el barco en un cascarón lento e ingobernable, en el que quienes están a bordo hace tiempo que han entrado en pánico y corren el peligro de convertirse en causantes de su  propia desgracia.
Hasta aquí la metáfora inspirada por esa otra tragedia, imposible de imaginar sin espanto, ocurrida hace sólo unas horas en medio del Mediterráneo, una tragedia, de cuyos protagonistas quizá nunca conoceremos el rostro, que explica bien a las claras qué, para que unos disfruten de sus riquezas, felices y tranquilos, otros tienen que vivir en el terror o la miseria sin, a veces,  llegar a sobrevivirla.
Sé que la mezcla de ambos asuntos puede parecer frívola. Sin embargo una y otra se complementan y sirven para darse mutuamente explicación, porque, sin esa nueva casta de poderosos que construyen sus riquezas, no con el trabajo, no con sus fábricas o sus tierras o con su habilidad para el comercio, sino arrebatándoselas a los otros con la especulación y el engaño, que ya se confunden, la diferencia entre ricos y pobres, también entre países ricos y países pobres, sería más soportable y, de paso, más fácil de remediar. Y es que las guerras que hoy nos horrorizan tienen las más de las veces su origen en la avidez de quienes esconden lo que acumulan en esos paraísos fiscales donde se mezclan y confunden las fortunas de ex ministros corruptos, dictadores y traficantes de armas, órganos o drogas.
Pero, a lo que iba, el naufragio de ese barco sobrecargado y viejo que es el PP, el capitán Rajoy dio a su hombre de confianza, Montoro, la orden para lanzar contra Rato, que durante tanto tiempo fue la mano derecha de Aznar, todo su maquinaria tramposa, con la complicidad de la prensa incluida, para desviar la atención de una lista, la de los 705, que pasará a la Historia como el mayor traspiés dado por un gobierno de corruptos para poner a salvo su botín, porque haber echado a Rato a los tiburones, lejos de saciarlos, ha atraído, con la sangre y el manoteo de Rato, a otros escualos excitados por el olor de otras posibles  víctimas.
Rato ya está en el agua, a merced, metafórica, de los tiburones, mientras las tertulias de la tele repiten una y otra vez su imagen traspasando el marco de la puerta del coche policial, metáfora a su vez de la línea que separa el prestigio y la gloria del repudio y el escarnio generalizado. El partido de Génova 13 naufraga, ahora sólo queda saber quién se queda, después de las elecciones de mayo, con los restos del naufragio.


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