¿Nadie va a pagar por esto?, por Javier Astasio

 
 

Aún recuerdo como en los primeros meses de la crisis se nos pintaba a los griegos como tramposos, vagos y parásitos de la Unión Europea. Entonces España era aún la nación alegre y confiada que se ofendía cada vez que se asociaba su nombre al del socio caído en desgracia y que seguía creyendo en brotes verdes y bancos sólidos. Nunca, nos dijeron, nos veríamos como Grecia, despidiendo a los funcionarios y asfixiando a los pensionistas y por eso, reconozcámoslo, hasta nos pareció bien un poco de mano dura para los griegos. Incluso se criminalizó, recordemos, a  Papandreu por tratar de  anteponer la democracia a la economía.

Tres años, que parecen siglos, después, cuando Grecia se ha hundido, cuando la población ha caído en una grave depresión sólo comparable a la del propio país, cuando se ha paralizado la economía, cuando se ha disparado el paro, cuando la protección que da el estado de bienestar a los ciudadanos está desapareciendo casi por completo y la solución a los problemas de Grecia está mucho más lejos de lo que estaba antes de aplicarle la dura medicina que se le aplicando, sólo después de estos tres años de pan y agua, el FMI es capaz de ver que se equivocó, que magnificó los efectos beneficiosos de la purga y no supo o no quiso ver el debilitamiento, la deshidratación a que llevaba aplicar una lavativa tras otra al enfermo.

Han sido tres años de una interminable partida de póker en la que uno de los jugadores, la troika, ha ido cantando con descaro las cartas que llevaba en la mano, como queriendo dar tiempo al resto de jugadores, los especuladores, para contrarrestarlas y quedarse con la apuesta. Una partida de póker en la que el torpe jugador, el que se mueve lentamente y anuncia uno a uno los pasos que va a dar, juega con dinero ajeno y de ahí la poca importancia que da a los malos resultados su torpeza.

Por qué quienes marcan al final la política de los países en crisis, los socios europeos del sur Grecia, Portugal, Chipre, España y, en cierta medida, Francia e Italia, no se someten al escrutinio de quienes pagan las consecuencias de sus errores. Por qué los comisarios europeos, el presunto "gobierno" de la Unión Europea, como Joaquín Almunia, se eternizan en el cargo, hagan lo que hagan, se equivoquen como se equivocan, sin que, al final, pase nada. Porque cuánto lleva Almunia como comisario en Bruselas ¿diez, doce, quince años? Sólo sé que ha sido el tiempo suficiente para que se atrofien sus sentidos y ya no sea capaz de saber por qué y por quién está en su cargo.

El informe hecho público hace unas horas por el FMI,  cuyos tres últimos directores, Rato, Strauss Kahn y ahora Lagarde tienen y han tenido que pasar por los juzgados por causas diferentes, pero que han puesto todas en entredicho la rectitud de sus conductas, reconoce que con su trágala de austeridad, pese a que calculaba que  la economía griega se contraería cinco puntos y medio, lo ha hecho con un resultado final tres veces mayor y que el incremento del paro con que contaban, superior al quince por ciento, se ha disparado hasta el veinticinco. Lo han dejado por escrito y, que se sepa, nadie ha dimitido, nadie ha sido cesado por hacer unas previsiones, aquilatadas a la décima, que, a la hora de la verdad, se duplican o se quintuplican ¿No es para tomar de nuevo la Bastilla o el Palacio de Invierno? ¿No es para levantarse y acabar con este estado de cosas en el que quienes toman las decisiones escapan a cualquier control democrático y no se responsabilizan de sus desastre?

Algo habrá que hacer, no sé el qué, pero tengo claro que alguien tiene que pagar por esto.
 
 

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