Nadie decía la verdad, por Javier Astasio




Contemplo la foto de Rodrigo Rato agitando la campaña que anunciaba la salida a bolsa de Bankia, una ceremonia tan yankee como hortera e innecesaria, y me pregunto qué estaría pasando por la cabeza de ser tan amoral como éste, al que colocamos, colocaron, al frente de la economía española y a punto estuvo de estarlo del Gobierno, primero, del Fondo Monetario Internacional, después, y, finalmente, de esa olla podrida y hedionda que era Caja Madrid y luego Bankia. 
¿En qué pensaría? ¿En las copas que se tomaría en su club preferido a cuenta de todos nosotros con su tarjeta black? ¿En la estafa que estaba cometiendo, para desgracia de los candorosos clientes que iban a perderlo casi todo con su caja de toda la vida? ¿En que hay personajes como él, que hagan lo que hagan o donde lo hagan, siempre salen a flote como la mierda en las cloacas? No tengo la menor duda de que pensaba en cualquiera de esas tres cosas, porque no he visto sonrisa más falsa que la de este señor que ayer fue señalado en un informe pericial como responsable de lo que a todas luces fue una gran estafa y que, si la justicia es lo que nos han dicho que es, antes o después acabará tras los muros de una prisión.
Acabo de escucharle defendiéndose de su responsabilidad en los hechos -maquillaje de las cuentas de Caja Madrid y contratación de una auditora mentirosa, con el consiguiente desplome de las acciones vendidas como se vende humo a pequeños ahorradores y un largo etcétera de irregularidades- y lo ha hecho derivando las culpas al Banco de España, presidido entonces por el ínclito y ensoberbecido Miguel Ángel Fernández Ordóñez, que, mientras estuvo al frente del supervisor de la banca, empleó más tiempo y saliva en cargar contra los trabajadores y sus sueldos, contra los jubilados y sus ya de por sí modestas pensiones que en vigilar el estado de las cuentas de las cajas de ahorro y en evitar las alocadas, cuando no perversas y fraudulentas, operaciones de riesgo en que se estuvieron embarcando ante sus ojos.
Blesa, Rato, Fernández Ordóñez, la auditora Deloitte, que, como casi siempre, actuó de parte, todos y cada uno de los pájaros de tan distintos nidos que sentaron su santo culo en los sillones del consejo de Administración de la caja, el Gobierno que, ante lo que estaba pasando, nada dijo o calló demasiado, la prensa que hizo otro tanto, la fiscalía que puso todas las trabas a su alcance para que las denuncias de los afectados nos prosperasen y algún que otro juez que o no se atrevió a complicarse la vida yendo a por los poderosos, todos, en mayor o menor medida, mintieron. Y lo hicieron a conciencia.
Nos han mentido, nos han puesto los cuernos y, aunque lo sospechábamos, como pasa en el cine, no dijimos nada hasta que, como ocurre en la vida real, cuando nos los vimos en el espejo de los demás, hemos puesto el grito en el cielo y, afortunadamente, hemos visto que somos muchos los engañados y nos hemos reconocido y solidarizado. 
Ahora, sabemos cuántos somos y el poder que tenemos y comentamos entre nosotros el engaño. Nos contamos nuestra desgracia y estamos llegando a la conclusión de que en este país hemos sido muy confiados, irresponsablemente confiados. Tanto que, durante demasiado tiempo, en este país nadie nos ha dicho la verdad. Bien mirado, lo que nos ha pasado, especialmente en estos últimos tres años, tiene un aspecto positivo: ha sido tan grande y tan burdo el engaño que nos hemos dado cuenta de que nos engañaban y de que, aunque un poco tarde, todavía estamos a tiempo de, con la ayuda de jueces entregados a su trabajo y alejados del poder, pedir cuentas a todos y cada uno de esos mentirosos y de remediar el engaño o evitar al menos que vuelva a producirse.


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