Nada que celebrar, por Javier Astasio

 
 
Todos los días escojo una canción con la que saludar a los "amigos" que tengo en Facebook y a casi  todos los que por allí puedan asomarse. Hoy, como cada año por estas fechas, la elección ha sido la versión en español, cantada por el propio autor, de la canción que Georges Brassens escribió como un regalo para todos aquellos que nos vivimos fuera del rebaño, especialmente cuando "lo que toca" son desfiles, afirmaciones de raza, nacionalidad o una lengua que no respeta a las otras ni mucho menos los acentos, todos bellísimos, con la que la hablan y cuidan -más que nosotros- lejos de las ciudades o al otro lado del mar. Y es así, porque no me gustan las uniformidades y, mucho menso, cuando lo que persiguen es castrar lo que enriquece. Tampoco me gusta la grandilocuencia con que los de siempre hablan de las gestas y los sacrificios de los de siempre, que, claro está, son los otros, los que apenas pueden hablar y sólo ponen el trabajo, el sacrificio y el sufrimiento.
No me gusta que se hable de América como una hija, porque a los hijos no se les espolia, no se les quita la libertad y la riqueza, a cambio sólo, y es mucho, de una lengua y unos santos. Y no me consuela pensar que, si Colón no hubiese sido el primero en llegar al mando de una expedición  española, hace ya más de custro siglos, a aquellas islas, otros lo hubiesen pisado antes o después aquellas u otras playas.
No me gusta ese sentido que se la da a la fiesta de hoy, porque ni siquiera quienes consiguieron la independencia de la américa españolizada en el XIX tenían algo que ver con los primeros espoliados de aquellas tierras, porque eran más bien los hijos de los hijos de los españoles que se las robaron a quienes las habitaban. Y no hay más que mirar cualquiera de los países en que derivaron las colonias para ver que en ellos sigue habiendo pudientes y humildes, cuyas pieles tienen colores muy distintos.
Tampoco, como a Brassens, me gustan los desfiles ni la música  que sirve para marcar el paso de la tropa. Y, que conste, no quiero decir con ello que esté en contra de los ejércitos, imprescindibles para tantas cosas. Estoy en contra de lo que tiene el desfile de exhibición y de lo que el "orden cerrado" en que se basan significa de entrenamiento, casi canino, de obediencia ciega, de hipnosis, para que, al final, cada soldado responda sin plantearse si  las órdenes son justas o siquiera razonables. No, no me gustan los desfiles ni el derroche que los rodea, porque todo lo que se gasta en ellos, por inútiles, está de más.
Y, sobre todo,  no me gusta que se exhiba la representación del único sector de la Administración del Estado que, no sólo no ha sufrido recortes, sino que por el contrario, se ha visto aumentado, mientras nos cuentan que no hay para sanidad, educación, cultura, asistencia social o pensiones. No creo que haya habido mucha gente presenciando ese desfile, aunque con "los de siempre", las novias y los novios de quienes desfilan, sus madres, hermanos y algún que otro amigo, habría para cubrir el recorrido. Desde luego, quien nunca estaría en éste ni en ningún otro desfile seré yo, porque "con la música militar yo me quedo en la cama igual" y porque, sinceramente, creo que no hay nada que celebrar.
 
 
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