Muñeca de cera, muñeca de sonido, por Gabriel Merino

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Europa. Hubo un tiempo, quizá más sencillo, en que nuestra relación con el continente era la copa de Europa y Eurovisión. De la relación que ha tenido mi vida con el festival musical más hortera de todos los tiempos me doy cuenta que se ha detraido parte de mi propia historia. Ahora, al paso de más de 50 años de festival, me doy cuenta que –en mayor o menos medida- ha ido marcando mis etapas vitales canción a canción.

Nací el año que Gigliola Cinquetti ganó el premio con “Non ho l´etá”. Así que ha llovido. Tele en blanco y negro, canción ganadora grabada en cinco idiomas por lo menos y una docena de participantes, creo. Para España, acudir a Eurovisión desde el 61 era como un reconocimiento de que estábamos en el continente. De hecho que en el 68 ganara la tanqueta de Leganitos con esa canción que iba a ser para Serrat y que en el 69 se celebrara el festival en el Teatro Real con un cuádruple empate en primera posición –a mi me gustó siempre más la canción de Lulú que la de Salomé, para qué mentirnos- nos metió en los setenta con un regusto a europeos que no teníamos ni en tiempos de Conchita Bautista ni cuando la France Gall ganó con esa canción con un nombre tan tonto –y encima en francés- como “Muñeca de cera, muñeca de sonido” (muy recomendable, por cierto la versión puesta al día de Arcade Fire).

En los setenta, dos hitos -si quitamos a Peret-: Mocedades y Abba. Mocedades, antes de que muriera Franco, ya cantaban en color y adelantaban un tipo de canción –la de Juan Carlos Calderón, seguramente ésta la mejor que hemos mandado a Eurovisión aunque ¡algunas de sus letras… qué mal envejecen!- que anticipaba la época de Perales, “Habla Pueblo Habla” y  el “Libertad sin ira”. Y Abba: más suecos que Ikea y que Volvo, y más modernos y más popis que los Beatles. Luego hay que recordar que Israel ganó dos veces Eurovisión cuando nadie en Europa creyera que Tel Aviv estaba en el continente ni se le esperara. Eso sí: el abanibí y el aleluya eran muy pegadizas.

 

Pary, que es sobria y poco hortera también tiene debilidades y se canta cada vez que la escucha la canción que ganó en 1981: “Making your Mind Up”, a la que llama la canción de las falditas. Era la época Parchis y nos anticipaba una década ostentosa en lo musical y definitivamente novedosa en lo vital. Éramos –o estábamos a punto de ser- veinteañeros, modernos, comprometidos: de hecho yo creo que poco después de ese festival empezamos de novios. Chorreras, cardados y neorrománticos: mientras desde aquí mandábamos pop como Cadillac, Bravo La Década o racialismos tipo Azúcar Moreno, en Europa ya ganaban cosas noruegas, holandesas o irlandesas, que siempre han tenido mucho tirón. Pero precisamente ahí ya nos habíamos convertido en comunidad europea de derecho, o eso nos dijeron. Sociatas en el gobierno y primeros curros. Me casé en el noventa.

 

Y la verdad es que poco después de Dana Internacional y de Katrina & the Waves perdí interés por un festival claramente desinflado de honrillas e invadido de países del este, además de que ya teníamos privadas autonómicas y cable para elegir. La cría nació en el 98 y desde entonces estábamos más enchufados a Disney Channel y a Cartoon Network.

 

En el siglo XXI lo de Eurovisión era más complicado que la leche. Excepto el año de Rosa de España en operación triunfo le eché muy poca cuenta: para clasificarse había que hacer más puntos que Nadal en el Masters 1000, aunque España siempre va, por eso de que es una de las grandes paganinis de la UER, pero queda penúltima y cosas de esas. No me ilusionó ni que hubiera ido Battiato.  Hasta Uribarri se había retirado y quienes votaban y decidían al final  con los esemeeses eran unos clubes de fanses superfilogays que iban gritar extasiados a lo de la Igartiburu. Ya no me ponía nada. Y menos cuando no eligieron a La Casa Azul.

 

En fin, que hace dos años, mi hija una noche  se pone el festival y me dice toda segura: “Va a ganar esa canción”, un bodriete machacón alemán cantado por una sosa llamada Lena. “Satellite”, se llamaba. Y yo: “Anda. ¡Qué sabrás tú!”.

 

Pues sí. Ganó. Ya es que no sé ni de Europa. Este año apuesto por las viejas rusas y la canción rumana que, no sé por qué, la cantan en español. Verás la leche que me pego.

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