Movimiento slow: ¿opción personal o necesidad social? (I), por @ITortajada

(Primera parte del texto de la conferèencia que de el pasado 7 de febrer en la Fundació Setba)

Me recuerdo leyendo Elogio de la lentitud de Carl Honoré en verano, bajo la pérgola del jardín de un apartamento alquilado en la Costa Brava. Entonces trabajaba a jornada fija y con contrato indefinido, mi niña iba a la guardería y mi inquietud era la tan cacareada conciliación. Quería dedicar tiempo a la crianza y educación de mi hija pues no creía en el llamado “tiempo de calidad” (¿por qué no le podía decir a mi jefe que sólo vendría a la oficina durante veinte minutos “de calidad”?). En Elogio de la lentitud buscaba una afinidad, una complicidad y la encontré.

Precisamente Honoré explica en este libro que se cayó del caballo cuando saludaba con alegría la noticia de la publicación de unos cuentos para niños que se podían explicar en un minuto antes de ir a dormir. Los hijo tienen la virtud de ponernos ante el espejo, una forma de colapso preferible al infarto, la depresión o el divorcio. A partir de aquí Honoré empieza su peculiar investigación del tiempo y llega a la conclusión de que hay tres factores que han causado la aceleración moderna: el reloj de precisión, la revolución industrial y el consumismo. Casi lo podríamos reducir a la fórmula a reloj + combustibles fósiles.

Reloj y petróleo

Antes de la invención reloj de precisión, las personas se regían por el tiempo natural. Con el reloj de precisión aparece la posibilidad de regular la vida tal como les ocurrió a los habitantes de Colonia. En menos de una generación, entre 1370 y 1398, pasaron de no saber qué hora era a tener un horario marcado para levantarse, trabajar e irse a la cama. Por otro lado, la revolución industrial empezó con la spinning jenny una máquina de hilar que podía hacer en un solo día el trabajo que hacía un artesano en toda la vida. Esto era posible gracias a la potencia que le proporcionaba el carbón. Las máquinas impulsadas por carbón, y más tarde por petróleo, con la ayuda del control que ofrecía el reloj (del cual el Taylorismo supuso el máximo paroxismo), permitieron acelerar la producción y distribución de productos y cuanto más rápido, más beneficios. Pero si aceleramos la producción para aumentar los beneficios ilimitadamente también habrá que acelerar el consumo. La producción y el consumo acelerados hacen que vayamos de culo tanto en el trabajo como durante el tiempo libre (yendo de compras y consumiendo ocio). Es lo que Honoré denomina el turbocapitalismo.

El nacimiento del movimiento slow

Goodfellas: ante un buena mesa, un cadáver en el maletero puede esperarSin embargo, Honoré en su investigación, descubre que la aceleración y la deshumanización del capitalismo han tenido enemigos desde el principio. Es el caso de los luditas que asaltaban las fábricas para destrozar las máquinas y que contaban con las simpatías, nada más y nada menos, que de Lord Byron. Entre sus contemporáneos, Honoré encontró Slow Food, la organización fundada por Carlo Petrini en Bra como reacción a la apertura de un McDonald’s a la Piazza Spagna de Roma el 1986. El manifiesto Slow Food atacaba con virulencia el fast food y la fast life por destruir nuestra calidad de vida, el medio ambiente y la diversidad (biológica, y cultural). A la vez, era un canto a los placeres sensuales degustados lentamente, al buen gusto y a la cultura.

Siguiendo la estela de Slow Food

Siguiendo la estela de Slow Food, también nació en Bra la organización Cittaslow, ciudades tranquilas donde se promueve la economía local, el respeto al medio ambiente, el urbanismo al servicio de la comunidad, etc. Bien es verdad que Cittaslow no ha avanzado mucho, quizás porque nos hacen falta soluciones globales para las ciudades, no sólo para las de menos de 50.000 habitantes. Cuesta imaginar que toda una ciudad como Barcelona llegue a ser slow. Ya no digo NY o México DF. Quizás se podría para hacer por barrios slow Poble Sec o slow Dumbo (el barrio de moda de Brooklyn). Es sólo una idea.

Pero Honoré también descubrió que había vida slow más allá de Bra. Conoció la Sociedad para la Desaceleración del Tiempo en Austria o los Sloth Clubs en Japón, asociaciones que optaban por una vida más tranquila. También, de una manera más informal, detectó varias tendencias que optaban por el carril lento en la educación, el trabajo, el deporte…. Así llegó a la conclusión de que existía un movimiento callado, que se rebelaba contra la aceleración por atacar nuestra salud, la calidad de nuestras relaciones y de nuestro trabajo así como nuestro entorno. Un movimiento que buscaba emplear el tempo giusto para cada cosa”, poner la economía al servicio de las personas y no al revés y disfrutar más del momento presente y por lo tanto de la vida. Honoré, a raíz de este libro, se convierte en el divulgador más popular de este movimiento.

Slow y crisis

Han pasado casi nueve años desde que Honoré publicó Elogio de la lentitud y algunos menos desde que yo lo leí. Desde entonces la situación ha cambiado mucho, tanto la del entorno como la mía personal. Si cuando leía El elogio de la lentitud me preocupaba la conciliación, ahora el paro está desbocado y la mayoría de los que trabajan lo hacen con más presión que nunca y no están para reducir jornada o para pedir un horario flexible. Hace poco leía un artículo en La Vanguardia sobre personas que llevaban una vida acomodada y que ahora se encuentran en el umbral de la pobreza. Me impresionó el caso de una mujer ejecutiva con una hija pequeña que al separarse y perder el trabajo se había visto obligada a ir a vivir con sus padres y ganarse algún dinero cuidando a gente mayor. Esta mujer comentaba:”antes me parecía que tenía la opción de trabajar mucho y ganar mucho dinero o trabajar menos, ganar menos pero tener más tiempo para mi hija. Ahora siento que no tengo opciones”.

En los tiempos que corren, ¿el movimiento slow es una opción apta sólo para cuatro jipi-pijis?

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