Monarquía y 15-M, por Javier Astasio



Nunca como ayer fui tan consciente del valor de los votos. Nunca en esta democracia, unas elecciones, menores, quizá, como tradicionalmente han sido consideradas las europeas, han convulsionado este país hasta ponerlo patas arriba. Para quien tuviese alguna duda, el resultado, el voto recogido por todos esos partidos despreciados hasta ahora y despreciados todavía por algunos, ha venido a demostrar que es preferible medirse y situarse en las urnas a quedarse en casa o meter en la urna un papel en blanco, porque lo que cambió hace nueve días es que mucha gente que lo había hecho hasta entonces, decidió usar su voto en lugar de dejarlo volatilizarse o sacrificarlo en el altar en elq ue mueren los votos útiles.
Y digo esto porque, por más que traten de "vestir el muñeco", a nadie se le escapa que no sería posible el relevo que pretende la corona con un parlamento volcado a la izquierda, sin una mayoría clara de "gente de orden" como la que ocupa ahora las tres cuartas partes del hemiciclo.
Está claro que la ley orgánica que regule la abdicación de Juan Carlos y los pasos parea la coronación delsu hijo Felipe no sería la misma salida del despacho de Rajoy y aprobada por las cortes actuales que la que pudiese salir de las manos de un presidente elegido tras un pacto entre minorías. Y si esto, que resulta tan evidente ahora, lo ha sabido ver la corona que, con la decisión yomada ayer -dice- pretende "imnpulsar las reformas que pide el país", parece mentira que no lo intuyesen hace cuatro años los partidos llamémosles tradicionales, que no fueron capaces de ver el descontento y el desencanto de tantos centenares de miles de ciudadanos, cuando ocuparon las plazas de nuestras ciudades y eso que aún no lo sabíamos todo de la capacidad de voracidad del marido de la hija pequeña del rey.
Los partidos emergentes de la izquierda, especialmente Podemos, y los ciudadanos que les dieron su voto tienen que ser conscientes, no sólo de su fuerza, sino de la enorme responsabilidad que les ha caído encima a la hora de rentabilizar ese potencial que cerca de dos millones de españoles han puesto en sus manos, unos desplazándose a la izquierda, otros volviendo o acudiendo por primera vez a las urnas.
Está también claro que, como en 1931, las municipales a celebrar dentro de un año pueden confirmar que lo del pasado 25 de mayo fue un punto de inflexión, un cambio de tendencia hacia la reconquista de las instituciones para la izquierda o, por el contrario, un espejismo, flor de un día, que empañe y marchite el miedo.
Habrá que poner mucha atención al comportamiento de los medios, especialmente las televisiones, que harán lo imposible para asustar a los indecisos y para ensuciar la imagen de los nuevos líderes surgidos en la izquierda, y conviene olvidar que a ganadora de las elecciones europeas en Francia, la ultraderechista Marine Le Pen, sumó ella sola un ochenta por ciento de la presencia de candidatos en las televisiones francesas.
Se escuchan ya voces clamando por la tercera república, incluso dentro del PSOE, algo lógico si pensamos que diez millones de votantes actuales no vivieron la Transición ni mucho menos votaron la Constitución, una constitución que no hay que olvidar, como he escuchado esta mañana, se votó si no con miedo, sí con prudencia, apagando viejas reivindicaciones de toda una vida.
No sé si aún es pronto para plantear un cambio de la forma de Estado, para pasar de monarquía a república. Lo que sí sé es que nunca, tras la usurpación de la II República por el ejército golpista, capitaneado por Franco y al servicio del capital y la oligarquía, ha habido en España tanto entusiasmo por esa nueva vieja forma de Estado, especialmente entre los jóvenes mejor preparados. Y debo confesar que yo, que, aunque os cueste creerlo, siempre he pecado de prudente, cada vez me siento más atraído.
Pero todo requiere un tiempo y unas formas. Y estoy seguro de que el futuro rey sabe que, si las cosas siguen así, si no consigue desligarse de las trapacerías de su cuñado, si no consigue difuminar la mala imagen de la institución monárquica que han dejado los últimos años de torpeza de su padre, antes o después tendrá que proponer o le propondrán la consulta al pueblo.
La monarquía se ha enrocado frente al 15-M emergente el pasado 25-M, la jugada le puede salir bien, incluso muy bien, pero, en todo caso, su anacronismo conducirá a que, antes o después, los españoles optemos por ser ciudadanos de una república, la tercera. De momento, anoche, miles de ellos ya la pidieron en las plazas de toda España.



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