Miserable, por Javier Astasio

 
 
Anoche me fui indignado a la cama y hoy he amanecido igual de indignado o más. No me cabe en la cabeza que una de las carteras clave del Gobierno de España, la que administra nuestro dinero, el dinero que es de todos, pueda utilizar la información a la que tiene acceso o la posición que hace suponer que la tiene, para lanzar insidias que en su ambigüedad sólo persiguen manchar la buena imagen que tiene un colectivo como el de los actores, en un país al que le quedan ya pocas cosas en las que creer.
Me pregunto cómo será fuera de los focos este personaje al que el físico, pobre, no ha acompañado, y creo que quizá por ello buscó y busca refugio en el poder, una pasión que sublimó cuando en tiempos de Aznar, se convirtió en el brazo derecho de Rodrigo Rato, ese gran hombre al que tanto debemos los españoles, especialmente los que tenemos algo que ver con Caja Madrid. Feo, supongo que católico y nada sentimental a este señor, como a las viejas cotillas, lo que le gusta es hacer listas, unas para agitarlas ante las cámaras, sin desvelarlas y levantar así sospechas, y otras para esconderlas bajo siete llaves, para que nadie sepa nunca quien se vistió ese traje a medida que es la amnistía fiscal promulgada para sus amigos.
No puedo con esa risa babosa, ese atropellar las palabras por el ansia de que le rían las gracias, esas entonaciones de párroco viejo y sucio -con la sotana llena de lamparines quiero decir, no seáis malpensados- contando morbosamente a los niños qué es el pecado, mientras se relame de gusto imaginándolo, pintando al tiempo un infierno ardiente, doloroso y eterno, ante los aterrados ojos de unos niños que no merecen que nadie abuse así de su inocencia.
Un personaje que, en una comedia de Mel Brooks o los Monty Phyton, movería a la carcajada, pero que en la dura realidad española sólo puede arrastrarnos a la indignación y la ira. Aunque no ha sido la primera vez que hace algo parecido -ya se encargó de sembrar el panorama electoral de las catalanas con dudas sobre cuentas en Suiza, cuando él mismo estaba sentado sobre el polvorín Bárcenas- las insidias de ayer, apenas cuarenta y ocho horas después de que su gobierno fuese blanco de las críticas, sensatas, finas y elegantes, vertidas por la práctica totalidad del colectivo del cine español, un gobierno que recorta ayudas y levanta barreras de IVA para alejar al público de las salas, porque no ha sabido entender qué es la libertad de expresión y que, si lo que dijeron los actores, fuese incierto nadie les hubiera reído las gracias, esas insidias son intolerables y constituyen, creo, un caso flagrante de abuso de autoridad y de traición a la confianza que los españoles depositan en el administrador de sus cuentas.
Daba risa y daba pena verlo, incapaz de pronunciar como es debido el apellido del polémico actor francés Gerard Depardieu -dijo, y por dos veces, “Dipardieu”, lo que me hace sospechar que no va al cine desde que vio la Blancanieves y decidió metamorfosearse en madrastra- exiliado económico en el país donde roban kilos de diamantes en los aeropuertos. Daba risa y daba pena, pero movía también al cabreo.
Supongo que algún periódico, uno de esos que son capaces de decir que en el desierto nieva, si así le conviene al gobierno, estará ya manejando nombres para crucificarlos en sus páginas, mientras ocultan o maquillan robos descarados en adjudicaciones fraudulentas a cambio de comisiones, donaciones, sobornos y regalos, a costa del dinero de todos. Supongo que en algún departamento del gobierno se estarán poniendo ya cruces en alguna que otra solicitud de subvención, supongo que más de un ayuntamiento se cuidará muy mucho de contratar cualquier espectáculo en cuyo elenco figuren los nombres malditos.
Han resucitado a los de la ceja, cuando del de la ceja ya ni nos acordamos. Están mentando el 11-M, cuando para la práctica totalidad de los españoles lo del 11-M está ya aclarado, juzgado y condenado.
No saben vivir si no es en el más tenebroso de los pasados y tampoco saben que este país se mueve, se está moviendo y no precisamente como a ellos les gustaría. Saben que, después de la que están organizando, les queda poco en el convento y, por eso, se están cagando dentro.
 
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