Mis bolsas, por Javier Astasio



Como si de una maldición se tratase, el bienestar del ser humano y, por qué no, del planeta se ve cada vez más asfixiado por las bolsas. No me refiero a aquellas en las que cotizan, con más menos realismo, los valores del mercado, sino a esas otras bolsas, las de plástico, que utilizamos con demasiada alegría, a veces compulsivamente y que se quedan ahí, en nuestro entorno, para esperarnos toda la vida, porque no desaparecen por si solas en medio siglo y destruirlas es caro y contaminante.

El problema es de tal magnitud que muchos gobiernos, los más preocupados por el medio ambiente, han tomado la decisión de prohibir que los grandes comercios faciliten gratuitamente las bolsas de plástico a sus clientes, lo que ha llevado a que en algunos, como se viene haciendo en los EE UU toda la vida, las bolsas que se regalan sean de papel o que en otros, la mayoría, se cobre cada bolsa al cliente.

Creo que tal medida es acerada. Y eso, pese a lo que piensa Javier Arenas, al que, también en este asunto, parece asistirle la divina providencia y predica el gasto sin recaudación, hasta el punto de criticar que se cobre por usar lo que, está comprobado, es una hipoteca para nuestro futuro y el de nuestros hijos.

Creo que cualquier medida que se tome en este sentido, por ejemplo el uso de bolsas que, en lugar de obtenerse del petróleo y resultar prácticamente indestructibles, se obtienen de vegetales, como la patata, y desaparecen por si solas en tres meses. Creo, ya lo he dicho, en las bolsas de papel reciclado y creo, sobre todo, en la responsabilidad de cada uno de nosotros que nos haga ver lo práctico y razonable que resulta llevar siempre encima una bolsa convenientemente plegada para cualquier compra imprevista o no que tengamos que hacer.

Si cumplimos con todas estas medidas, quizá podamos evitar que siga creciendo en medio del Atlántico esa enorme isla de tamaño increíble o que floten como medusas cerca de nuestras costas, poniendo peligro no sólo su belleza, sino la vida de su fauna.

Ahora bien, el "toca pelotas" que llevo dentro se resiste a que, después de pagar cinco céntimos por ella, la bolsa que se le entrega lleve impresa la marca comercial del establecimiento. Si la bolsa es mía, y de hecho la pago, exijo que esté libre de publicidad y que, si la lleva, ésta sea institucional y referida a la conservación del Medio Ambiente. Por eso, siempre protesto ante la caja y doy la vuelta a la bolsa para no exhibir publicidad ajena en algo que, puesto que lo pago, es mío.


Puedes leer más entradas de "A media luz" en http://javierastasio2.blogspot.com/ y en http://javierastasio.blogspot.es y, si amas la buena música, síguenos en “Hernández y Fernández” en http://javierastasio.blogspot.com/

Deja un comentario

Su dirección de email no será pública.


*