Miedo y depresión, por Javier Astasio

 
 
Poco a poco se van contrastando con informes policiales y documentos elevados ante el juez todas las apariencias que quitan el sueño y el don de la palabra a los dirigentes del PP. Cada vez más, la batalla por el castigo a lo que en apariencia no ha sido más que un corrupto abuso de poder por parte del PP que, con el dinero público, que es de todos, que pagaba obras y concesiones, compensaba todas esas generosas donaciones "en negro" de los adjudicatarios, con las que, a su vez, pagaba SOBREsueldos a sus dirigentes y todos los excesos electorales que desde hace décadas vienen dándoles ventaja ante las urnas.
Sería triste y muy frustrante que, ahora que ya lo vamos sabiendo todo, una vez más se durmiera el caso ante los tribunales para, con las artimañas de siempre, conseguir su anulación o, lo que sería aún más insultante, la prescripción de los delitos investigados, algo que me mosquea y, más aún, después de haber escuchado a Carlos Floriano que ayer dijo en Radio Nacional, a propósito de las acciones legales que emprendería su partido, en principio contra EL PAÍS y, supuestamente, contra Bárcenas, "tenemos cuatro años".
¿A qué se refería el secretario de Comunicación del PP? Si a la legislatura le quedan sólo tres años, le sobra uno a su plazo ¿Hablaba entonces del plazo para que prescriban los delitos que investiga Ruz? Espero que no, pero, visto lo visto, creo que "dormir" el caso para agotar los plazos legales sería lo único que permitiría a Rajoy pavonearse de presidir el único partido de gobierno no condenado por corrupción, pese a que sea evidente que se ha corrompido. Parece, como digo, que es esa la única estrategia que les queda, eso que, con ese amaneramiento tan propio de oficina de prensa del PP y otros partidos, se denomina "gestionar los tiempos", técnica en la que -dicen- Rajoy es un maestro.
Algo tienen que hacer, alguna ficha deben mover, porque la unificación de las investigaciones sobre la trama Gürtel y los papeles de Bárcenas está a punto de hacer saltar los plomos en el cuarto de máquinas del PP, especialmente en su asesoría jurídica, que tanta visión ha demostrado -es ironía, claro- en la contratación y despido de los apestados Bárcenas y Sepúlveda.
El truco estaría en restar diligencia a las diligencias -valga la redundancia- emprendidas por el juez Ruz. La instrucción de este caso es compleja, porque hay que remover una montaña de papeles que los agentes de la Policía asignados al caso y el personal de la Agencia Tributaria que deben atender sus peticiones deben recibir a tiempo. Por eso, el magistrado Ruz necesita más que nunca toda la ayuda que se le pueda prestar. Necesita refuerzos aquí y allá. Y la asignación de ese personal está en manos del gobierno del partido que está siendo investigado.
A mí me falta fe. Y más, si pienso en que la Agencia Tributaria depende del ministro que, desde el día siguiente a la gala de los Premios Goya, está utilizando partidariamente la información de que dispone, aunque siga siendo privada, sobre el estado de la tributación de actores, partidos y, ahora, "creadores de opinión". No me tranquiliza mucho más saber que al frente del Ministerio de Justicia, del que dependen los presupuestos de los juzgados, está Gallardón, el ministro que forzó y justificó la dimisión del fiscal jefe de Cataluña, o que el ministro de la policía no es capaz de sobreponerse a sus creencias y opiniones, aunque vayan en sentido contrario de las leyes.
Produce miedo y depresión pensar en todo ello ¿verdad?
 
 
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