Mercancía, por Javier Astasio

 
 
Apenas sé de espionaje ni, mucho menos, de qué sin capaces los profesionales de la política por seguir subidos en el machito, la imagen que usaba mi abuelo y usa mi padre para definir el poder. Lo que, como hijo y nieto de "tenderos" y paseante asiduo de las calles del Rastro, sé es que, para vender una mercancía, lo importante es venderla y, abiertamente o en la trastienda, mostrarla.
Viene esto a cuento de tratar de explicarme en qué consiste el trabajo de la agencia Método 3, la que, al parecer, suministraba a políticos y periodistas, principalmente en Cataluña, del material para el chantaje o la denigración de políticos, jueces y otros personajes de la vida pública española. No creo que nadie se haya dirigido a la agencia para encargarle abiertamente "un trabajito". Más bien creo que a los hipotéticos "clientes" les habrían llegado "referencias" de antiguos clientes o, quién sabe, un agente comercial con un maletín cargado de muestras y un catálogo con antiguos servicios prestados.
Tampoco hay que descartar la venta de lo que en argot policial se conoce por vigilancias y contra vigilancias. Ese volatinero ejercicio de averiguar y evidenciar los puntos flacos del futuro cliente para venderle un barrido de sus despachos y sedes o, con un poco de suerte, un dos por uno en el que se incluya además una vigilancia al adversario esté donde esté, sea el partido propio u otro cualquiera.
Esa es una técnica tan perversa como rentable, la de crear la necesidad para, después, satisfacerla. Por eso no descarto que la agencia se hiciese con una panoplia de material de futuros clientes con la que, como aquellos legendarios vendedores de cepillos, hacer números con el cliente. Precisamente ésta es, para mí, la hipótesis más verosímil de a qué se dedicaba Método 3 y probablemente le hubiese funcionado muy bien el negocio de no haber dado con una mujer tan aparentemente ambiciosa como la "novia" del aparentemente insaciable hijo de Jordi Pujol.
Fue precisamente ahí donde quedó al descubierto el hilo del que han tirado la prensa y la Policía, no sé en qué orden, para poner al descubierto los tejemanejes de esa agencia más propia de una película de los Hermanos Marx, en cuyas actividades, el mayor peligro era que los clientes se cruzasen en el ascenso o la escalera.
Todo esto es muy feo y parece que salpica a diestro y siniestro. Son embargo, de lo que no me cabe duda es que lo que ha precipitado todo ha sido el hecho de que el propio ministro del Interior, no sé si antes o después de serlo, haya sido una de las víctimas del espionaje. Ya hay detenciones y registros, ya era hora, pero aún queda mucho por saber y mucho material por encontrar y neutralizar. Material que no debe quedar sólo en conocimiento de Fernández Díaz, sino que, de alguna manera, debe compartirse -confidencialmente, claro está- con el resto de partidos afectados. Eso, y saber qué tiene que ver este asunto con aquellos presuntos informes de la Brigada de Delitos Económicos que manejó el PP en la campaña de las catalanas.
Y, al final, que quien tenga que pagar pague. Porque otra cosa sería deprimente y exasperante para una ciudadanía tan asqueada ya. Pero sin olvidar una cosa: si los ladrones roban -y espiar no deja de ser el robo de la vida privada- es porque, al final, hay alguien, el perista, que compra esa mercancía robada. Y es en este punto, donde algunos políticos y periodistas deberían comenzar a tentarse la ropa.
 
 
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