Me voy de casa, por Gabriel Merino

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Dicen que los verdaderos suicidas nunca avisan, ni siquiera los que padecen una depresión endógena. El que está siempre amagando y amenazando no suele quitarse la vida sino que lo usa recurrentemente para chantajear, acojonar y tener sobre aviso permanente a todos los que le rodean.

De igual manera, el hijo que amenaza -cada vez que le ponen hora de llegada, le restringen la paga o le piden cuentas- con el argumento “me voy de casa” suele ser un bocas. Para irse de casa, de primeras, hay que ser previamente independiente, no decir continuamente que tienes derecho a serlo.

Yo un día, con 22 años, agarré el petate y me fui. La razón fue una divergencia doméstica con mis padres que, vista en la distancia, no era para tanto. Pero fue el detonante para que agarrara mi ropa, mi maletita, mi pequeño ingreso ni siquiera de nómina fija, mi bici, mis libros, mis comics, mis discos y me plantara en casa de unos amigos, en Vallecas, a quienes empecé a pagar cada mes por tener una habitación.

A diferencia de la casa de mis padres, aquel piso bajo no tenía calefacción sino estufa. Nos duchábamos prácticamente en el patio, a la vista de la vecindad. No había microondas. Y ser independiente también me hizo ver que me tenía que pagar los bonobuses, contribuir al llenado semanal de frigo, respetar unas normas que no eran las de mi familia y oir otras músicas. Con todo, la sensación de libertad de aquellos años –cuando otra gente de mi generación aguardaba a tener un sueldo agarrado, un trabajo fijo o un piso amueblado para irse- fue indescriptible. Y la de independencia aunque -como digo- si bien no tenía que dar cuentas de a qué hora llegaba pues tampoco era completa: había que hacer comidas, pasar escobas o ir a la compra para todos los que vivíamos en el piso con regularidad. Y respetar normas. La verdad es que independiente, independiente, sólo hubiera sido si me hubiera ido a vivir fuera de todo, como Robinson Crusoe.

Porque tres años más tarde me casé: ni de penalti, ni por imposición ni por costumbre. Por amor a mi chica y por convicción. Y pusimos piso. Y decoramos. Y decidimos juntos. Lo cual también dice poco de una supuesta independencia personal. Fuimos independientes juntos: ella cedió –y cede aún- por mí y yo lo mismo. Nunca creí en que la vida de pareja sería hacer lo que me saliera de las narices, ni por pardillez ni por machismo. Aunque, visto que sigo en ella, pues es que me gusta.

Años más tarde nació nuestra hija. Más imposiciones, más repartos, menos independencia. Pero nunca me importó. Es verdad que, a veces, me preguntaba qué habría sido de mi vida si me hubiera dedicado en exclusiva a mí mismo y no a compartir mi crecimiento, mis vivencias, mi nómina y el espacio en que he habitado con ellas. Supongo que es un ejercicio que hace todo el mundo alguna vez. Pero ni me arrepiento ni creo haber cedido nada importante en el camino. Crecer, seguir y aprender cada día junto a ellas me ha compensado mucho más que una entelequia –no sé ya si real- llamada independencia.

Que conste que siempre me he considerado un gran caprichoso, hedonista, narcisista y egoísta. Hoy adoro a los padres de cuya casa me fui, a mi mujer, a mi hija. Y puedo decir –creo-, por ello, que estando con ellos soy independiente. Siempre he hecho, en la medida de lo que puedo y de lo que respeto a quienes quiero, lo que me ha salido de los cojones.

El que quiere ser independiente lo es, hace lo que le parece en cada momento responsabilizándose de sus actos, no amagando, chantajeando o amenazando con que un día se irá para obtener réditos permanentes.

Así que si el que quiera serlo pues… que se vaya de casa. Es lo que hemos hecho –o creo que deben hacer- todos.

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