Mas ya es menos, por Javier Astasio



Decir que el final estaba escrito puede parecer ahora prepotente, pero estaba tan claro que, si no esta historia, sí este capítulo, no podía acabar de otra manera. Entre otras cosas, porque Artur Mas no ha ido en ningún momento con la verdad por delante, lo que en ningún modo quiere decir, al menos por mi parte, que no existan las aspiraciones soberanistas en Cataluña, que las hay y muy arraigadas. Lo que ocurre es que Mas no ha sido en absoluto sincero, porque se ha escondido tras ese sentimiento como el asediado que era ya en la anterior legislatura, cuando comenzó a utilizar la bandera de la independencia como señuelo detrás del que esconder el tremendo recorte emprendido en el estado de bienestar en Cataluña, anterior incluso al que padecemos el resto de los españoles.
Ese ha sido el gran pecado de Mas, el de esconder sus propias miserias y las de su partido, acosado por la corrupción, institucionalizada como casi todas las corrupciones, bajo promesas imposibles que, como anoche pudimos comprobar, va a volverse contra él, si, con suerte, no se vuelve contra todos los catalanes. Ahora, cuando finalmente ha llegado al punto en que, como el mal estudiante que, tras toda una serie de mentiras y evasivas, tiene que entregar el boletín de notas plagado de suspensos.
Artur Mas ha suspendido. Lo que no sé es, no ya si va a tener que repetir curso, sino si tan siquiera le van a dejar hacerlo, porque, en mi opinión, ha estado alimentando el fogón de la locomotora de un tren lanzado contra una montaña, con la esperanza de que un cambio de agujas de última hora evitase el choque o de que, en todo, caso le diese tiempo a saltar en marcha. Lo malo es que había invitado a demasiada gente a subir a la locomotora y ni el gesto cobarde de ponerse sólo él a salvo es ya posible.
Mas ha querido utilizar todo y a todos para salvarse y, al final, al menos eso pienso yo, lo ha perdido todo. Y es que Esquerra, a la que le encanta quedarse en la retaguardia, ha sido la que ha dado a una CiU dividida y en descomposición el apoyo necesario para esta aventura, forzando a que el resto de fuerzas soberanistas se sumasen a unos acuerdos incómodos por inviables, dando lugar a la paradoja de que el presunto timonel de la travesía haya tenido siempre las manos atadas.
No sé si Mas albergó alguna vez la esperanza de convertirse en el presidente que consiguiese llevar la independencia a Cataluña. Quizá sólo quiso ser otro Pujol que, a base de amagos, consiguiera alguna que otra ventaja para Cataluña. Pero los tiempos no eran los mejores. Hasta el punto de que el cambio de cromos era imposible, al coincidir las fechas de lo que han venido en llamar "el proceso" con los preámbulos de las elecciones autonómicas en todo el territorio, con lo que ello conllevaría de agravio comparativo.
Ahora Mas ha tenido que renunciar a convocar la consulta y tiene que explicarlo. Lo hará en minutos y lo va a tener difícil, porque, al parecer, ni siquiera tiene previsto adelantar las elecciones, entre otras cosas porque para su coalición, si es que vuelve a acudir como tal a las urnas, serían un desastre.
La ganadora sería ERC, pero tendría que gobernar y eso, a quienes tienen más de Pepito Grillo que de hormiga, no os creáis que les gusta mucho. Cabe la esperanza de que el PSC salga del agujero y de que se refuerce la izquierda emergente, con lo cual, esos perversos matas electorales en que hemos vivido hasta ahora habrían cambiado.
En resumen Mas ha perdido y ha llevado a la derrota a tantos y tantos catalanes ilusionados con poder decidir su futuro. Mas ha perdido y quienes han ganado han sido Esquerra Republicana de Catalunya y, sobre todo, Mariano Rajoy que, como buen camaleón que es, ha permanecido inmóvil, esperando la oportunidad de lanzar su pegajosa lengua para cobrarse la presa. 
Y, mientras escribo esto, el prestidigitador Mas anuncia que va a mantener la consulta el nueve de noviembre, transformándola en una especie de mascarada nada diferente de anteriores consultas convocadas ya en Cataluña, transformando lo que iba a ser un referéndum con garantías en poco más que una encuesta voluntaria y presencial en locales y con censos no válidos legalmente para nada. Pero una consulta en la que yo participaría de vivir en Cataluña, pero que, en absoluto, es la promesa a la que se había comprometido y se convierte en ese boleto de la tómbola que te invita a seguir jugando.
En fin, lo que decía al principio, Mas es menos y, desde hace unos minutos, patético y ridículo.



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