Más Mas, por Javier Astasio


Una vez más, el president de la Generalitat, Artur Mas, ha ganado a los puntos un asalto que parecía tener perdido. Se ha llevado el asalto, lo que en absoluto quiere decir que tenga más fácil ganar el combate, porque, después de tanto enredarse en el cuerpo a cuerpo con sus rivales, le abandona el resuello y le falta la chispa de esos golpes que los ciudadanos ya tienen muy vistos y que cada vez le cuesta más exhibir.
Y es que, pese a su entusiasmo, Mas ha llegado a este combate sin la preparación necesaria, desde un gobierno sin mayoría suficiente para aprobar los presupuestos, con una coalición, CiU, al borde de la ruptura y con una serie de batallas, ganadas quizá en el campo de la épica y la propaganda, pero sin duda perdidas desde el punto de vista de su verdadera operatividad.
Prometió un referéndum y sólo fue capaz de ofrecer a los catalanes una fiesta democrática delante de unas urnas sin garantías, a las que no se acercó nadie que no estuviese ya convencido y, aun así, se quedó sin la unanimidad que buscaba, aunque bien es verdad que con la televisión autonómica y gran parte de la prensa a su favor pudo, de puertas adentro, "vestir el muñeco" con el traje de la épica y los sentimientos que tan querido le es.
A partir de ahí, prácticamente al día siguiente, "vendió" sin tenerla "la burra" de la unidad y se lanzó a por unas elecciones plebiscitarias que quería sin siglas y con una lista única e integradora con la que demostrar el deseo de independencia de los catalanes, como si a estos no les importasen la cesta de la compra, el deterioro de la sanidad o el paro, mezclando su derecha con la izquierda de otros para que sus siglas quedasen diluidas en una lista única, presidida de nuevo por él, con la que perpetuarse en la plaza de Sant Jaume.
El sueño duró apenas una siesta y Mas se quedó solo, con un cierto apoyo de Junqueras, cada vez más triste e intransigente, pero sin el más mínimo interés en unir su destino al de un Mas que ya no tienes conejos en el sombrero y que, por ello, ya no arranca la admiración del auditorio. Por ello este largo tira y afloja al que se han sometido uno y otro, un espectáculo por el que ayer se vio obligado a pedir perdón a los ciudadanos, en el que, pese a su prestancia de modelo de Cortefiel frente a la tosquedad de su partenaire, dio toda la impresión de ser un títere en sus manos.
Esa es quizá la habilidad de este gran fajador que es Mas, la de ser capaz de levantarse de la lona en el último segundo y recuperar resuello para volver a salir al ring. Lo ha hecho una y otra vez, ese su viaje a Ítaca particular, en el que lo que importa no es el destino sino el mismo viaje, algo que a los nacionalistas les es muy querido, sin que parezca importarle mucho el día a día de los catalanes.
Lo ha hecho muchas veces, ha comprado nuevas vidas en el videojuego del soberanismo, sin darse cuenta de que el tedio está ganando a los catalanes que buscan y encuentran en otras alternativas, ya utópicas quizá como la suya, pero sin un pasado corrupto y maniobrero a sus espaldas, con el que salir del circulo viciosos en que se han movido todos estos años de democracia las relaciones entre la Generalitat y La Moncloa.
Ayer Más convocó elecciones anticipadas para septiembre y lo hizo colocando el comienzo de la campaña y la fecha de convocatoria apelando al sentimentalismo de las fechas y siendo más Mas que nunca. Pero que no se ande con tonterías, porque éste va a ser, y lo sabe, su último cartucho y, ahora, el panorama está cambiando hasta el punto de que las apelaciones al seny y la rauxa que le son tan queridas y le han sido tan útiles quizá ya hayan dejado de tener sentido.


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