Manipulación griega, por Fernando Blázquez (@ferblazrom)

Llevamos días escuchando la temida amenaza de que Grecia puede abandonar la moneda única después de las elecciones del próximo domingo. ¿Lo hemos escuchado sólo así? No, no, no. Hay una condición, ¿verdad? Grecia saldrá del euro si y sólo si el partido Syriza gana las elecciones. Y Syriza lleva días desmintiendo que eso vaya a ser así.

¿Qué quiere Syriza realmente? Fundamentalmente dos cosas: abolir la deuda moralmente dudosa (procedente de negocios bancarios, cuentas poco claras, corrupción…), “porque la ciudadanía no tiene por qué pagarla“, y abrir una moratoria para pagar la legítima. Poco más. Claro que, visto así, la amenaza que ven Bruselas y Berlín otros pueden verla como una oportunidad para salir del agujero.

Que la política anticrisis europea es un total y absoluto fracaso para los países menos fuertes es un hecho incuestionable. Que quien haya dicho esto en voz alta -Syriza- sea estigmatizado es una nueva forma de manipulación a través del miedo. El economista greco-australiano Yanis Varoufakis -exiliado en EEUU tras diversas amenazas- lo compara con el caso irlandés: se les dijo que si votaban no al pacto fiscal se acabaría el dinero de la troika. Y votaron .

Es terrible que la derecha griega dé la espalda a la verdad y se dedique a fomentar el bulo, pero puede perdonarse; al fin y al cabo, están en elecciones. Lo que sí es triste es que lo haga alguien como Antonio López-Istúriz, secretario general del Partido Popular Europeo. Literal: “pese a los sucesivos rescates de la UE la situación va a peor, con la angustia añadida del incierto resultado electoral del 17 de junio que podría incluso enfrentar a un eventual Gobierno radical con el resto de socios europeos“.

Independientemente de que Grecia vaya o no a salir de la moneda única (el nuevo dracma ha existido durante algunos días en los terminales virtuales de la agencia Bloomberg -especializada en información económica-), cargar las culpas sobre una parte del espectro político sólo es perjudicial para el propio sistema democrático. Y eso sí que es peligroso. El problema ya no es Grecia. El problema es que, por este camino, nosotros somos los siguientes en la lista.

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