Man in the moon, por Gabriel Merino

Ha muerto Jesús Hermida.
Aunque pueda parecer que soy anárquico, verso suelto o poco afín a la jerarquía, no es del todo cierto. Nos ocurre a quienes somos un poco soberbios que no toleramos ser mandados por gente a la que consideramos caradura, inepta o mala gente. En 1989, justo cuando se cumplían los 20 años de la llegada del hombre a la luna, trabajábamos en Torrespaña un equipo de unas 60 personas entre departamento de producción, documentalistas, redactores, cámaras, secretarias, técnicos, forillos, encargados de público y gente de imagen en emitir el primer programa en directo que se hizo para la televisión matinal española.

Comandados por Jesús Hermida, aquel pequeño ejército que teníamos  que sacar adelante cada dia de entre semana un programa en directo de cuatro horas con entrevistas, actuaciones, pequeñas obras de teatro, pases de moda, informativos, culebrones y lo que llamábamos “happenings”,echábamos horas y sudor  para que el programa saliera del tirón, sin fallos, haciendo que resultara tan natural asomarse a la ventana de la tele por la mañana y ver con la misma naturalidad y frescura a Quilapayún que una entrevista con Cela que una historia de la capa que un capítulo de Melrose Place o cualquiera que fuera el culebrón matinal que incluíamos en el programa.

A lo que iba: a medida que se aproximaba el 20 de julio, Hermida quería que los de producción y redacción localizáramos en Prado la peli de la llegada de Armstrong a la luna con el audio de su voz retransmitiéndolo desde Nueva York para TVE en 1969. Creo que ahora puedo decir ya que la documentación entonces no estaba tan estructurada como ahora: la retransmisión tenía que estar en formato cine, no video, y había habido una inundación reciente en los sótanos de Prado del Rey, por lo que una parte de los fondos se había movido y no era fácil localizarla. Cuando las cosas no salían como quería el jefe -Jesús era un perfeccionista total  y no sólo era un absoluto conocedor del medio, sino que tenía la extraña capacidad de prever cómo iba a ser el producto televisivo antes de emitirlo, porque exigía una preparación exhaustiva- se cogía esos cabreos del quince de los que hablan los que, sin haber trabajado con él, dicen que era un sátrapa.

Jesús se enfadaba a menudo, sí, si las cosas no salían perfectas. La cinta,finalmente, a costa de remover Roma con Santiago, de carreras, disgustos e incluso lágrimas, llegó a tiempo para ser emitida en el aniversario exacto. Pero yo nunca he tenido queja de jefes como Jesús, y eso que era duro. He sido delegado sindical y en ese ejercicio he conocido algunos jefes jetas,indolentes, acostumbrados a delegar en otros su trabajo o poco empáticos con los que he tenido fuertes broncas que,en ocasiones, me han llegado a costar hasta el puesto de trabajo. He dirigido también equipos y, de este hombre que se marchó ayer –con sus tics, sus golpes de flequillo, sus impostaciones, su extraña manera de reir, su ausencia de miedo al “más dificil todavía”- aprendí mucho: como trabajador y, más tarde, como jefe de equipos. Hace poco hablaba en redes con un ex director de la radio -a quien he recuperado como amigo  20 años después- que reconoces a un buen jefe precisamente en eso: cuando años después, en un momento en que ya no hay relación jerárquica, le sigues apreciando y te apetece quedar a tomar algo con él.


Con Hermida ya no será posible. Vaya mi homenaje a una persona que me enseñó a ser humilde como currante, prolijo en el trabajo, que valoró lo que hacía –aunque no nos alabara en público, y eso a veces se echaba de menos-, que fue una fuente de profesionalidad periodística de la que aprendí mucho y con la que, muchos años después sí me habría tomado algo.

Tenga muy buen viaje, jefe.

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