Madrid veneno, por Javier Astasio


Es difícil para alguien que no viva en Madrid imaginar que, en días como estos, el aire de la ciudad en que vivo tiene color y tiene sabor, un color parduzco, sucio, y un sabor acre que irrita las vías respiratorias, un aire que escuece en los ojos, un aire que ensucia todo lo que toca y que, por más que queramos ignorarlo y por más que, cuando lo hace, lo hace silenciosamente, también mata.
Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que el aire de Madrid era una bendición del Guadarrama, un aire transparente, qué lejos de aquella ciudad llena de bulevares que yo llegué a conocer, qué lejos de aquella ciudad amable y tranquila, con niños que jugábamos a la pelota o a pídola en sus calles, qué lejos de aquella ciudad que era de sus vecinos y no de los coches de sus vecinos.
Madrid, el Madrid que, de repente nos ha enseñado sus garras, el Madrid que se nos ha caído encima y de repente, lleva ya muchos años siendo así, lleva muchos años matándonos en silencio, aunque los que nos han gobernado gasta ahora se hayan encargado de ocultárnoslo. Madrid es una ciudad en la que sus vecinos han sido ofrecidos en sacrificio a esos nuevos dioses que son el coche y el cemento, una ciudad que ha renunciado a la tranquilidad y al silencio para que algunos, los de siempre, llenen sus bolsillos vendiéndonos las viviendas lejos del trabajo y, para llegar de un lugar a otro, los coches y las autopistas que ahora nos ahogan.
Madrid, quienes lo gobiernan, se ha gastado miles de millones que durante años tendremos que pagar aún los madrileños y nuestros hijos, se ha gastado miles millones, de pesetas o de euros, en cubrir sus plazas de "scalextrics" que no hacían otra cosa que levantar los coches del suelo y enterrar al peatón en una maraña de pasadizos sucios y lúgubres, un territorio hostil e inimaginable que le convertían en un ser asustadizo y huraño, agobiado por el humo, el polvo y el ruido.
Luego se gastó otro tanto en desmontar todos esos pasos elevados para meter los coches bajo tierra, con las calles llenas de vallas y trincheras mientras el dios cemento extendía sus reales, ahora por el subsuelo. Y, mientras, a Madrid, como a un perro al que no se quiere, se le puso un collar, también de cemento y asfalto, para que quienes seguían viviendo a una hora del trabajo o del colegio de los niños rodeasen la ciudad que nunca llegarían a disfrutar. 
Y en eso llegó Alberto Ruiz Gallardón, el gran simulador, que nos convenció de que también había que enterrar los coches del collar, ajado ya y sucio, para que los amigos, siempre hay amigos de esos, se llevasen el "pastón" de unas cuentas nada claras, al menos hasta ahora, pero que estamos pagando y pagaremos nosotros. Unas cuentas, un dinero, que mejor invertido habría estado si, en lugar de servir para meter coches, fábricas de humo, en la ciudad, se hubiese empleado en dotar al transporte público de mejores y más medios, trenes y autobuses eléctricos, cómodos y limpios, para que quienes se mueven en Madrid y hacia Madrid no tuviesen excusa para traer su fábrica de humo al centro, algo que, por desgracia, hacen día tras día, desde hace décadas.
Pero, para concluir y volviendo al aire irrespirable que no se merece esta ciudad, habrá que decir que no es que haya empeorado desde que Manuela Carmena la gobierna. Lo que ocurre, simplemente, es que, por fin, alguien con sentido común se sienta en el despacho de alcalde y ese alguien nos dice una verdad que se nos ha estado ocultando desde hace mucho tiempo, cambiando de lugar, incluso, las estaciones de medición de la contaminación del aire, llevándolas al borde de los parques para engañar a los vecinos y a la Unión Europea, mucho más estricta que los irresponsables a quienes pagamos los impuestos.
Lo cierto es que hoy, de repente, los madrileños que lo usan han tenido que prescindir de su coche. Y lo bueno es que tendrán tiempo para pensar en todo lo que se podría haber hecho para evitar que aquel Madrid idílico del que hablaba al principio, convertido hoy en Madrid Veneno.


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