Los superpoderes de Rajoy y su kriptonita, por Javier Astasio

 
 
 
Tiene mucho mérito y requiere mucho morro representar el papel que ayer representó Rajoy en la tribuna del Congreso de los Diputados. Creo que sólo es posible levantar ese personaje en que se ha convertido si se cree dotado de superpoderes. Concretamente, del poder de hacer desaparecer a su paso el presente, dejando sólo como dimensiones del tiempo el pasado y el futuro y abdicando por tanto de cualquier responsabilidad sobre lo que les está pasando AHORA a los españoles.
Pero no sólo eso. También tuvo la fuerza de voluntad, supongo que entrenada a base de estímulos negativos y parecida a la del personaje de Malcolm McDowell en "La naranja mecánica" de Kubrick, para no atender a ninguna de las numerosas preguntas que se le hicieron sobre el ex tesorero del PP que el mismo nombro, sus sobres y los al menos 22 millones de euros que controla en las ya famosas cuentas suizas. La terapia fue tan eficaz que ni siquiera pronunció el fatídico apellido. Pero hay algo con lo que no contaron sus asesores y ese algo es la naturaleza del cerebro humano que no deja de ser un laberinto lleno de surcos y recovecos en el que se esconden agazapados nuestros peores fantasmas.
Y, claro está, cuando llegó su momento el fantasma apareció reencarnado en una palabra que muy probablemente no habían entrenado. Me explico: como se supone que sería feo y poco respetuoso para el resto de sus señorías que los diputados entren y salgan del hemiciclo para cubrir cualquier necesidad no estrictamente personal ni fisiológica, existe un cuerpo de ujieres que se encargan de atender los "recados" de los diputados. Unos ujieres que las más de las veces lo que depositan en manos del encargo encerrados en esos envoltorios, habitualmente de papel de distintos colores y preformados, en los que tradicionalmente se ha movido nuestra correspondencia. Pues bien, no sé si alguno de esos paseos de ujier alteró la concentración de nuestro entrenado presidente, pero lo cierto es que, en un momento dado, supongo que cantando las bondades de su maldita reforma laboral como imán del capital extranjero, cometió el acto fallido de llamar a esos capitalistas "inversobres", algo que pasó inadvertido para casi todos, pero no para Isaías Lafuente y su legión de cazagazapos en la SER.
Esos inversobres traicioneros que se colaron en su discurso son la prueba evidente de que, pese a las apariencias, Rajoy está tocado y que a alguien como él, acostumbrado a tejer su discurso con pasos atrás y adelante, abriendo ventanas donde cierra puertas, subiendo mientras baja y bajando mientras sube, en fin, a alguien que como él se pasa la vida midiendo al milímetro cada una de las palabras que dice para convertir sus frases en tautologías, es muy difícil escapar al contumaz zumbido de la mosca implacable que sobrevuela toda mierda que que se precie, y, dado que la suya es grande y evidente, no es de extrañar que la tal moscarda le asome alguna vez en la boca.
Lo dijo y es una prueba de que es lo que más preocupa ahora a la persona elegida para conducir a este país por las procelosas aguas de la crisis, atado al mástil de nuestra zozobrante economía, rumbo a las rocas del desastre, dejándose llevar, al contrario que el bueno de Ulises, por los cantos de sirena de quienes, como la Merkel, evidentemente no quieren nuestro bien, sino relegarnos a europeos de segunda más pobres, más baratos y más dóciles.
Puede ser que Rajoy tenga el superpoder de alterar la realidad, también el de borrar el presente y puede que, además, sea capaz de entrenar su voluntad para esquivar aquello de lo que no quiere hablar, pero no debe olvidar que, contra esos superpoderes existe una kriptonita letal que algún día le dejará solo y sin fuerzas frente a la verdad desnuda. La kriptonita de Rajoy, con la que ha jugado más de lo debido, se llama Bárcenas y la tiene cada vez más cerca.
 
 
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