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LOS SONIDOS DEL SILENCIO, por Javier Astasio

 
Escuché no hace mucho a Iñaki Gabilondo que las mayorías silenciosas no existen hasta que hablan, hasta que se manifiestan ¡Qué gran verdad! Hasta hace sólo dos días, parecería que, en la España que los independentistas llaman "Madrid" o "el Estado", como si el nombre de este país, que también es el suyo, les quemara los labios, la España de la que quieren excluirse, sólo estuvieran los del "A por ellos", de los que se pasean con camisetas de esa selección en la que no quieren a Piqué o con capas de falsa seda rojigualda, anudadas al cuello, como si de héroes deportivos, los únicos posibles hoy, o de superhéroes de tebeo, llamados a arreglar a puñetazos cualquier gigante o molino que les saliera al paso.
Sin embargo y afortunadamente, el sábado las plazas de los ayuntamientos de numerosas ciudades españolas, grandes y pequeñas, en Cataluña o fuera de ella, se llenaron de gente vestida de blanco o de paisano clamando a esos gobernantes que tan poco han pensado en ellos -sólo lo hacen cuando necesitan su voto- que cumplan con su deber que es solucionar nuestros problemas, sobre todo los que ellos mismos crean y nos crean, hablando entre ellos. Y fueron decenas, cientos de miles, quienes salimos a la calle para acabar con este trágico esperpento al que unos y otros nos han arrastrado. Ha sido el exceso de prudencia o el miedo, vienen a ser lo mismo, el que nos ha mantenido al margen, como meros espectadores, angustiados a veces, cabreados otras, delante de televisores en los que, como en un bucle infernal sólo se hablaba de un incendio al que todo el mundo echaba gasolina y leña, pero nadie parecía querer o saber apagar.
Pero de todo se aprende, del miedo también, y esta vez, espero que para siempre. hayamos aprendido eso, que tenemos que formar parte de la solución de los problemas que nos conciernen y que ese formar parte comienza por hacerse preguntas, por dudar de todo y de todos, por ser dueños de nuestro propio pensamiento, elaborado de las esquirlas y las cenizas de todos esos mensajes que, con suerte, hayamos podido desmontar. Se aprende que no hay que creer en las mentiras que creemos que nos convienen, porque las mentiras son. También que ese esperar a que escampe, tan del peor presidente que ha tenido la joven democracia española, lleva a perderlo todo en la tormenta, y, sobre todo que debemos escoger bien a nuestros líderes, porque no hay que fiarlo todo a la labia llena de épica de algunos dirigentes ni al silencio imprudente de otros.
Ha habido demasiados silencios. Están el de los empresarios que han permanecido vergonzosamente callados hasta que el miedo de sus clientes les ha llegado a la cartera, el de los intelectuales que, salvo honrosas excepciones, al margen de los ventajistas que siempre cargan sus mensajes de ese temible ardor guerrero que les resulta tan rentable, han permanecido prudentemente callados, no fuera a ser que... un silencio que rompió valientemente Isabel Coixet y que luego fue seguido de manifiestos "a la firma" que llegaron, quizá, con retraso.
Pero el silencio se rompió estos días y nos permitió escuchar con claridad la solvencia intelectual de Josep Borrell, catalán de la montaña, que, sin la atención suficiente por parte de los medios venía desmontando una a una todas las mentiras de ese meapilas hipócrita en que se ha convertido Oriol Junqueras. Demasiado tarde, pero a tiempo, y, no de la mano de los políticos, sino con estos llevados a rastras, la calle ha hablado. Y la han escuchado.
La ha escuchado el mismísimo Puigdemont que en un cínico "corta y pega" se comió anoche la parte de su intervención ante TV3 que la cadena había venido cacareando en los avances previos. También ha escuchado el gobierno francés, que ya ha manifestado que en ningún caso va a reconocer a una Cataluña independizada de un estado democrático como España.
Más claro, agua. Ya está claro, se ha roto el silencio, ha hablado esa mayoría silenciosa que, ahora sí, ha sido escuchada y ya es gente, ciudadanos con cara y con nombre y apellidos. Y su grito silencioso no es ni debe ser el "a por ellos" de unos ni el "las calles serán siempre nuestras" de los otros. Este fin de semana ha quedado claro que no.